domingo, 29 de enero de 2017

INCOMODIDADES NATURALES


Crates de Tebas

CRATES, METROCLES Y LOS ALTRAMUCES

Antístenes, un discípulo de Sócrates, fundó la Escuela Cínica. Los cínicos de entonces no tienen nada que ver con los actuales. Hoy llamamos "cínico" a quien predica una cosa y hace otra. Los cínicos antiguos eran gente íntegra, austera, honrada. Hicieron de la excelencia, entendida al modo socrático como autonomía y autarquía, un valor absoluto. Para ser libérrimos despreciaban los lujos, las comodidades y los placeres, se reían de las convenciones sociales y llevaron una vida de mortificación. Eran los "perroflautas" de la Antigüedad. Tales como Diógenes el de Sinope, que vivía en un tonel y mandó a freír monas a Alejandro el Grande porque le hacía sombra.

Discípulo de Diógenes, alias el Perro (que eso significa kynikós en griego) fue Crates, más tolerante con la condición humana. Dice el otro Diógenes, el doxógrafo de Laertes, que escribió Cartas y Tragedias. De estas se conservan algunos versos cosmopolitas:

No es mi patria una torre o una casa;
Pero todos los pueblos de la tierra
Me sirven de mansión y de triclinio.

Esta renuncia al particularismo, este ecumenismo filosófico, lo heredarán los estoicos, pues Zenón de Citio, fundador de la Estoa hacia el 300 a. C., fue durante un tiempo seguidor de Crates. Con Crates convivió la que algunos consideran la primera feminista de la historia, Hiparquía de Maronea, una tracia hermosa y rica que se enamoró del cínico y amenazó con suicidarse si su familia no le dejaba marchar con él. Al parecer dejó en ridículo a Teodoro el Ateo (valga la paradoja etimológica) en un convite, y este le reprochó que no se dedicara a las tareas "propias de su sexo". Entonces Hiparquía le respondió que lo mejor que podía hacer por y para sí misma no era dedicarse a tejer, sino consagrar su tiempo a las ciencias. ¡Esto en el siglo IV antes de cristo!

Es muy probable que Hiparquía conociera a Crates a través de su hermano Metrocles. Cuenta Marcel Schwob en sus Vidas Imaginarias que Metrocles imitaba a Crates, pero que eso no le hacía llevar una vida sin preocupaciones, ya que Metrocles padecía de una dispepsia exagerada, y le aquejaban de continuo unas flatulencias violentas que no lograba contener. Desesperado, decidió quitarse la vida. Crates, compasivo, se enteró de su desgracia y quiso consolarle. 

El maestro se hinchó de altramuces y se fue por Metrocles o Metroclo. Le preguntó si era la vergüenza de su dolencia lo que le deprimía. Metroclo confesó que sí, que tal era su desventura y que no estaba dispuesto a soportarla por más tiempo. Entonces Crates soltó lo que llevaba en el vientre a causa de la indigestión de altramuces: una serie interminable de sonoras ventosidades delante de su discípulo, asegurándole que la naturaleza sometía a todos los hombres a estas contingencias. No tenía por qué avergonzarse por ello. Soltó Crates aún algunos vientos y tomando la mano de Metroclo lo llevó consigo. 

Puede que permanecieran juntos algún tiempo, vagando mendicantes por las calles de Atenas y en compañía de Hiparquía. Hablaban poco y no se avergonzaban de nada, ni de rebuscar en los montones de basura compitiendo con los perros, que parecían respetarlos. Es posible -escribe Schwob- que apremiados por el hambre no hubieran tenido reparo en discutir los mendrugos con los canes a dentelladas.

A pesar de que padeció enfermedades de la piel y llagas, Crates llegó a viejo. Unos marineros le encontraron tieso y amojamado por el ayuno bajo el cobertizo de un almacén del Pireo. Eso sucedió hacia el 288 antes de Cristo.

Hecatón afirma que Metrocles quemó todos sus escritos diciendo de ellos que no eran más que imágenes soñadas y puras niñerías (τάδ' ἔστ' ὀνείρων νερτέρων φαντάσματα). Aunque algunos dicen que lo que quemó fueron los apuntes que había tomado de Teofrasto, el mejor discípulo de Aristóteles y director del Liceo a la muerte de este.

Como buen cínico, Metrocles consideraba las riquezas nocivas si de ellas no se hacía un buen uso. Cuenta el doxógrafo que murió viejo sofocándose a sí mismo (obiit senex a se ipso suffocatus). Y que dejó discípulos que llegaron a ser filósofos famosos, como Menipo de Sinope.