Salvador Solé Soriano es un excelente fotógrafo. Quien quiera comprobarlo navegue y disfrute su variada galería en FotoRed.
No contento con ello, el Salva es un crítico agudo, tolerante, y un urbanita disidente, de esos que exploran soledades campestres y se pierden por exóticas montañas y fantásticos desiertos, descubriendo o soñando el edén de las aves del paraíso, mientras, ya casi perdidas, las acecha y retrata.
Sus cuentos y relatos, claros, bienhumorados y mordaces, merecerían un espacio en los escaparates de las mejores librerías, pero, ay, Salvador incuba un noble prejuicio contra la intrusión de los mercaderes en el templo de la creatividad -según el mismo cuenta.
A mí me parece un desperdicio imperdonable que el público se pierda las ocurrencias y sonrisas que despierta en mente y cara su edificante ingenio, así que me he convertido, voluntaria y gratuitamente, con su consentimiento, en corrector de textos del Salva (el trabajo es ligero) y en editor de sus relatos, en la luz de esta colosal Magna Malla Mundial.
He aquí una muestra de su raro talento. Que ustedes la disfruten:
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Archivo General de Indias. Sevilla. |
ORIGEN
DEL HOMBRE Y LA MUJER SEGÚN LOS CHIMICHILES
Soy
restaurador de libros y hasta hace poco trabajé en el Archivo General de Indias
de Sevilla. Por mis manos han pasado listas de embarque, aburridas cartas de
mercaderes y capitanes de navío, documentos de flete, cláusulas portuarias…
minucias que hay que conservar aunque solo sea por su mera antigüedad. De tarde
en tarde llegaba a mi mesa algún texto interesante pero, en general, lo que
restauraba no tenía mayor relevancia que un albarán municipal por la compra de
seis toneladas de pavimento.
Mi contrato duró seis años y en todo ese tiempo
solo hice un verdadero hallazgo. Se trata de la carta que, en el año 1557, un
tal Rodrigo Sánchez de Medina remitía nada menos que a su majestad el rey
Felipe II. Le escribía desde San Cipriano de Rioancho localidad amazónica de la
que Rodrigo de Medina era alguacil. San Cipriano tuvo corta existencia ya que
se fundó en 1539
y quedó definitivamente abandonado hacia 1562. Nunca pasó de ser un puesto de avanzada
a orillas del río Ucayalí y fue el mismo río lo que, en sus periódicas
crecidas, acabó por borrarlo del mapa. La carta es uno de los cinco documentos
conocidos que registran la existencia de San Cipriano de Rioancho y uno de los
tres donde se cita al alcalde Rodrigo Sánchez de Medina.
Historias
como la de este hombre y esa localidad abundan sobremanera en los archivos,
pero su propia naturaleza - tremendamente fragmentaria - al impedir reconstruir
una serie de hechos significativos, les resta tanto valor que muchas de ellas
se pudren sin remedio junto con los documentos que las sustentan. De hecho, la
carta de Rodrigo Sánchez me llegó por error debido a una confusión en los
códigos de las etiquetas. De no ser así, es muy probable que ese texto nunca hubiese sido
restaurado o que, para cuando le llegase el turno, ya fuese demasiado tarde.
Todo
historiador hispanista sabe que Felipe II - controvertido personaje - ordenó la
destrucción
de su correspondencia. Así que cuando de tarde en tarde aparece una misiva,
suya o dirigida a él y sellada como recibida por sus secretarios, es todo un
acontecimiento… local. En un telediario nunca aparecerá algo tan falto de
actualidad. Pero por entonces yo vivía inmerso en un mundo pretérito y no pude
menos que asombrarme de que aquello que, según el código, era el listado de las
riquezas traídas de Lima por el galeón real “Virgen de Santoña” resultase ser
muy otra cosa. Puesto que pertenecía a la supuestamente destruida
correspondencia de Felipe II y llevaba el sello de sus archiveros, mis jefes
dieron prioridad a este trabajo de restauración.
No aburriré a
nadie con las vicisitudes técnicas que me supuso reconstruir el pergamino. No estaba
peor que otros y me llevó apenas dos semanas. Después de subsanar el error de catalogación
lo volvieron a guardar ya que el Comité de Evaluación de Importancia Histórica
lo consideró una mera curiosidad. Pero a mí, digno nieto de mi abuelo, el
antropólogo aficionado, me fascinó.
Clandestinamente,
en horas de trabajo, al poco de terminar la restauración, copié el texto. He
traducido a términos más comprensibles el castellano arcaico - y lleno de
faltas de ortografía – en que está redactado; aunque pierde buena parte de su
sabor añejo, gana mucha legibilidad. Quién quiera leer el original solo tiene
que solicitar una copia del documento Rmt-334891-PE(4) en el Archivo General de
Indias.
El preámbulo
se me ha alargado más de lo previsto pero me pareció necesario ubicar la carta en
su contexto.
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Al fondo, representación imaginaria de los chimichiles y chimichilas |
“ De
Rodrigo Sánchez de Medina, alguacil de San Cipriano de Rioancho en el Noble Virreinato
del Perú a su Altísima Majestad el Rey Felipe II de España, Portugal,
Inglaterra, Francia,Nápoles, Sicilia, Jerusalén, Irlanda y las Indias.
Permitid,
os ruego, Majestad, que yo vuestro fiel súbdito, me atreva a escribiros sin mediar
previa demanda vuestra, pero sabedor como creo ser del interés que Vuecelencia
siente por las maravillas y cosas de las Indias Occidentales, os quisiera
transmitir una muestra de la profunda ignorancia, innata maldad y mortal pecado
en que viven los indignos naturales destas vuestras nuevas posesiones.
Es el
caso que a dos leguas de mi ciudad medra el poblado rústico de los indios
llamados chimichiles entre los cuales, mi joven secretario, Gonzalo Rubio, oyó
y pasó a la letra de Castilla la horrenda leyenda que esos paganos tienen por
génesis verdadero. No he querido tocar verbo ni traducir a palabras menos
infames esta narración por no ocultarle a Vuecelencia la extremada iniquidad de
semejantes gentes y así podáis juzgarlas sin el estorbo de mis escrúpulos. He
aquí la mentada leyenda:
Cuando
Dios terminó el mundo y todas sus creaturas, quedó la tierra sucia de restos de
seres fracasados, virutas de bestias y frondas que eran sobras de la creación.
Viendo luenga la tarea de limpieza, decidió dejarla para la jornada siguiente.
Comió y bebió en abundancia para reconfortarse del esfuerzo realizado y
dispúsose a reposar. Pero mientras se recostaba sintió ganas de eructar y
como
las buenas maneras son invento de la gente, que no de Dios, eructó y se durmió.
Aquel
regüeldo - insignificante gesto de Él - supuso un furioso vendaval de fétido
olor; aliento de vida que anima la materia. Ese viento arrastró el polvo de la
tierra que se mezcló con aguas diversas y los muchos restos de animales y
plantas que ensuciaban el orbe. De todo ello formóse una pasta que cobró vida
por obra del
sacro aliento eructado y así - blasfeman los chimichiles - nació el primer
hombre.
Cuando
Dios despertó percatóse de inmediato de la presencia de la nueva creatura, si
bien no se explicaba de donde había surgido. Viéndolo feo y lampiño, su primer
impulso fue destruirlo y alzó contra él su diestra. Pero aquel engendro se
mostraba tan torpe y desorientado que acabó por darle lástima y lo dejó vivir.
Por eso el indio Le está agradecido y adorna su cuerpo con plumas, abalorios y
sonajeros en un intento de serle agradable o, al menos, hacerle reír.
Dicen
los chimichiles que no saben donde está Dios pero cuando el céfiro les trae los
malos vahos de unos pantanales que se hallan río abajo, dejan lo que estén
haciendo y aguzan el oído pues se dicen: “Dios ha abierto la boca, quizás
quiera hablarnos”. Bien saben ellos que son los pantanos los que tanto hieden
pero también se preguntan “¿Y si el aliento de Dios huele tal como la brisa del pantano?”
Por si acaso, callan y escuchan.
Siguen
explicando estos indios enemigos del Señor que Dios, andado el tiempo, se apenó
tanto de la soledad del hombre que quiso darle compañía, tal como había hecho
con las demás bestias. Así que intentó copiarlo, aunque no pudo evitar que le
saliese un poco mejor que el original; algo más fermoso y delicado. De este
modo nació la primera mujer.
Como
el hombre resultó fruto de Su descuido y la mujer, en cambió, fue obra de Su
voluntad pocas veces el hombre y la mujer logran comprenderse, pues en verdad
un abismo los separa.
Dios
no había modelado al hombre y como tenía reparos en alterar su organismo - en
parte por desconocimiento, en parte por repugnancia - puso la capacidad de
parir en la mujer. Cuando vio que, a pesar de ser tan dispares, a veces podían
compartir cierta felicidad, los dejó estar y se olvidó de ellos.
Observó
mi secretario que los brujos chimichiles chillan como posesos sus oraciones de
invocación ya que piensan que Él no los oye por estar lejos o pensando en otra
cosa. Aunque herética, la fe de los chimichiles es firme pues, a pesar de no
haber conseguido una respuesta de Dios en toda su negra historia, perseveran
vociferando esas llamadas a la divinidad.
Por
último - y perdonadme que sea a través de mí que os enteréis de semejantes
sacrilegios – los indios aseguran que en el hombre quedó atrapado algo del
viento divino que lo formó pero que como dicha formación fue tan desordenada,
lo expulsa desde la boca por do no come. Afirman que a Dios le hizo tamaña gracia
esa equivocación que dotó a la mujer, y a los frutos desta, de la misma manera
pero, por evidenciar la mala factura humana, los indios consideran vergonzoso
dejar escapar una ventosidad.
Solo
el ánimo de agradar a vuestra sabiduría, Majestad, y de mostraros la lealtad
que gustosamente os debo, me ha movido a afrontar el riesgo de ofender vuestra
cara alma católica con el relato destas profanas brutalidades, sin duda alguna
inspiradas por el diablo en la mente mezquina de los indios.
Heme
ya ante Vuecelencia despidiéndome sin más que desearos tan larga y prospera
vida como Dios tenga a bien otorgaros.
Rubrico
yo: X (Rodrigo Sánchez de Medina)
esta misiva dictada a mi secretario en el día sexto del mes de Noviembre del
año del Señor de 1557.
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guerreros aztecas |
Nota
histórica: La tribu de
los Chimichiles fue exterminada dos años después, y sus caudillos decapitados a
mano del alguacil de San Cipriano, por decreto de Felipe II para, en palabras
del arzobispo de Toledo “… escarmiento de salvajes infieles, ejemplo de celo
cristiano y mayor gloria de Dios, Nuestro Señor.”
Sobre un
texto de Mayo de 1989 (reescrito a 20 de Agosto del 2009)
Salvador Solé
Salvador Solé