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viernes, 31 de octubre de 2025

CORO DE BEBEDORES PLATÓNICO

 

Dioniso y Sémele. Atribuido al pintor de Callis, mediados del siglo VI a. C.

Hera, la primera dama del panteón griego, no se andaba con chiquitas. Castigó el adulterio de su esposo Zeus con Sémele, princesa de Tebas, hija de Cadmo y Harmonía. Hera, disfrazada de celestina, engañó a la hermosa mortal para que Zeus se le presentase en todo su esplendor como Señor del trueno y del relámpago... Es evidente que los mortales no están preparados para acostarse con dioses si estos no reducen voluntariamente su poder o se disfrazan de menos, por eso un rayo del dios supremo fulminó a la pobre Sémele. 

No contenta con ello ni aplacada la ira producto de sus celos, Hera quiso matar el fruto del adulterio de su marido, acabando con Dionisio, hijo de su cópula impropia con Sémele. Previendo la filicidas intenciones de su esposa, el yogador Señor del rayo pudo salvar el feto de su vástago cosiéndoselo al muslo para que acabara allí su gestación. Hera no paró por eso, e intentó acabar con Dionisio de bebé, por lo que el padre tuvo que mandarlo con Hermes al cuidado de las ninfas, oculto en lugares secretos. 

Cuando Dionisio creció, Hera lo afligió con la locura hasta que fue curado por Rea (Cibeles). De las vagancias de Dionisio orate sabemos que andurreó lejos de Grecia, por Egipto y Siria. En Frigia, Cibeles, la Gran Madre, le enseñó ciertos ritos y misterios que luego se asociarían a su culto. Fue entonces cuando Dionisio enseñó y difundió el cultivo de la vid para la fabricación del vino.

Cuentan que en recuerdo de lo que el dios del vino sufrió por su madrastra, Dionisio nos infunde el furor báquico y toda la locura de sus danzas corales asociados a la borrachera. O sea, que el dios ofreció el vino contra lo hombres, para que nos aloquemos. Y es cierto que a muchos los pierde el morapio. Fíjese usted lo que hicieron las ménades borrachas con Orfeo... 

No obstante, Platón, que se hace eco de este relato, afirma lo contrario, que Dionisio nos regaló el vino como remedio (phármakon) para que midiésemos nuestro carácter (y el de los demás) y adquiriésemos el pudor del alma y la salud y fuerza del cuerpo (Leyes, 672d), siempre y cuando hagamos del vino un uso prudente y moderado en las comidas comunes, donde es justo invitar a los dioses y especialmente brindar por Dionisio, como rito y recreo apropiado para ancianos (666b).

Los viejos beiendo y cantando correctamente
inspiran a los jóvenes el encanto de la virtud (πρòς ἀρετήν)

"No censuremos sin más en adelante el don de Dionisio calificándolo de malo e indigno de ser recibido en la ciudad" (Leyes, 672a).

Platón cree en la utilidad de la embriaguez asociada al coro de personas mayores bajo la advocación de Dionisio. Tales coros han de ajustar sus ritmos y melodías bajo la autoridad de un simposiarca sobrio, un director de banquete que dosifique la ingesta del líquido dionisíaco, que los griegos mezclaban y rebajaban con especias, miel y agua, y que controle las letras de sus himnos y ditirambos, en orden a la edificación y para la excelencia de los más jóvenes, identificando siempre la alegría con la excelencia moral y la tristeza con el vicio.

El divino ateniense es consciente de que el vino exalta, despierta pasiones, y puede llenar de arrogancia y provocar descuido y desatención respecto a los demás, especialmente a aquellos que pierden los papeles, es decir, que no son dueños de sí mismos y carecen de la imprescindible autarquía, propia del guardián y conservador de las leyes (671bd). Es evidente que las malas borracheras acaban en trifulcas y estupideces.

Sin embargo, la embriaguez bien ordenada es un buen ejercicio de templanza y muestra como tal su utilidad civil, siempre que la razón imponga pilotaje y dirección en la dosificación de los placeres, con vergüenza y temor de dios para que no falte la gracia (charis) en el coro de bebedores, porque el vino es un eficaz remedio de la sequedad de la vejez, sirve para olvidar la pesadumbre y ablanda el carácter, mostrando de paso el verdadero temperamento, el que se oculta tras de la máscara. 'In vino, veritas'.

Beber con tiento es placer inocuo y agradable para los que tienen "buen vino", apta aventura para curiosos exploradores de estados psíquicos y jóvenes enredadores de almas. Mas es tonto  beber para ahogar penas; ¡saben nadar!


jueves, 9 de febrero de 2023

DRACONOLOGÍA PROBABILÍSTICA

 

Paolo Uccello. San Jorge y el dragón, 1470.
Temple sobre madera, National Gallery.


- ¿Cuándo, entonces -preguntó Sócrates-, 
el alma aprehende la verdad? 
Porque cuando intenta examinar algo 
en compañía del cuerpo, 
está claro que entonces es engañada por él.
- Dices verdad.
-¿No es, pues, al reflexionar (λογíζεσθαι) 
más que en ningún otro momento, 
cuando se le hace evidente algo de lo real?
(Platón. Fedón 65b-c)


En su Ciberiada, Estanislao Lem visitó un mundo -y luego todo un sistema solar- obsesionado con los dragones. No se trataba de un pueblo atrasado ni medieval, sino de una nación en paz perpetua con una gran cultura muy avanzada en cibernética, biotecnología y geometría no euclidiana del espacio pseudovacío. 

Evidentemente, los dragones no existen, constatación simplista que puede satisfacer a una mentalidad primaria, pero no a una mente científica, y mucho menos a un espíritu filosófico. Ya el genial lógico y matemático Gottlob Frege (1848-1925), padre de la filosofía analítica, dotó de total objetividad al modo de referir de las palabras, a su sentido (Sinn) o intensión, incluso si esos nombres carecen, aquí y ahora (hic et nunc, en este espacio y este tiempo) de referencia existencial o de significado extensivo (Bedeutung), el modo de referir intensivo es perfectamente legítimo, aunque no esté por el momento sustancialmente saturado. Este es el caso de palabras o expresiones como centauro, cero, raíz-cuadrada-de-dos, sirena, esfinge, etc.

¿Acaso carece de sentido el principio de identidad (A = A), tan imprescindible en la práctica (praxis) como en la técnica y en el arte (techné) ? Podemos decir que carece de significado ¡pero no de sentido! 

La Identidad carece de significado existencial por, al menos, tres razones: 1) Porque nada en el universo se conserva estable ni idéntico a sí mismo, ya que toda entidad contingente se mueve en dinámica y continua evolución, como el río de Heráclito; 2) Dado que el Continuo no está hecho de puntos, la película de la realidad no puede descomponerse en fotogramas; y 3) Porque "jamás en el mundo se da una semejanza perfecta", según el principio de los indiscernibles de Leibniz. O sea que la ley de los iguales no es más que un caso especialísimo de la Ley de los desiguales

Por consiguiente, tales nombres como el de "dragón" son objetivos aunque no refieran por el momento a seres reales o, digamos, resulten de problemática existencialidad, como, por otra parte, sucede también con "Dios", "Libertad", "Felicidad", "Verdad" o "Justicia".

Así pues, los sabios de la Escuela de Neántica no se ocupaban sólo de lo existente, no pensaban que la imperfecta banalidad y contingencia de la existencia mereciese una atención racional y circunspecta permanente, necesaria o propiamente científica. Se habían entregado a una segunda singladura (deúteros ploûs), una vez satisfechas sus urgencias existenciales: de abrigo, alimentación, salud y reproducción. Podemos decir que navegaban a la búsqueda del sentido. Peregrinación, contemplación, o sea theoría, y luego aplicación, es decir praxis, techné, artes constructivas, pues sabían que "todos los posibles exigen existir". 

O también: los ingenieros de Neántica sostenían que reducir la inteligencia a la comprensión y explicación de lo existente es tan reductivo como inadecuado, pues el mundo de los posibles es, no sólo más vasto, sino también más interesante que el de los existentes, tan expuestos como están a la obsolescencia, la decadencia termodinámica y la muerte. 

De modo que en dicha escuela se desarrolló con éxito y durante varias generaciones la Draconología. Sus estudiosos descubrieron por métodos exactos tres clases distintas de dragones posibles: los iguales a cero o cerontes, los imaginarios o imaginontes y los negativos o negontes. Ningunos de los tres existían (todavía), pero cada clase insiste de manera completamente distinta y -por decirlo filosóficamente-, son en cualquier caso dragones posibles (posibilontes) y -como toda esencia virtual- pugnan por su existencia, pero de modo muy diferente. Curiosamente, por ejemplo, si se herboriza a dos negontes se obtiene un infradragón en cantidad 0,6 aproximadamente, cifra que expresa su esencia o grado de posibilidad y perfección.

La Draconología Probabilística se desarrolló en la Escuela de Neántica hasta el punto de llegarse a la conclusión de que los dragones sustanciales son termodinámicamente imposibles sólo en sentido estadístico, como elfos, hadas, sirenas y duendes, pero en absoluto insiste -ni puede darse- en el más allá o más acá un dragón incomposible, en el sentido de que una bestia a la que podamos llamar objetivamente dragón sea incompatible con todos y cada uno de los mundos posibles. Es decir, los dragones no existen, pero podrían existir, aunque no en un mundo cualquiera, sino como esencias dinámicas en busca de su perfección, en armonía con un ordenamiento espacio-temporal propicio, acogedor y, por decirlo con un neologismo poético: en un ámbito draconófilo

Se precisó que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón habría que esperar quintocuatrillones de heptillones de años, ¡tiempo enorme!, pero menos del que requeriría la aparición del gnomo o el duende, y poca cosa en comparación con la eternidad. Impacientes por dotar de presencia y figura a esta entelequia dragonil que ya amaban desesperadamente, los ingenieros de Neántica inventaron un amplificador de probabilidad que se implementó en un dragotrón, esto es: una máquina de diseño prototípico y producción paradigmática de dragones. 

La clave del procesador dragotrón consistía en hacer pasar a la criatura sintética desde el espacio configurativo de geometría no euclídea al espacio real, o digamos existencial, tridimensional, aprovechando la vitalidad creadora del vacío, cribando, eso sí, las micropartículas y microcargas con un filtro de antimateria, porque 'ex nihilo nihil fieri cogitare possit' y, como se sabe, materia y antimateria se reducen a nada (0)


Nos cuesta pensar el proceso, porque no todo lo inteligible resulta imaginable, pero piénsese en que los electrones se mueven precisamente en ese espacio que hemos llamado "configurativo", dependiendo su suerte fundamentalmente de lo que llamamos "ondas de probabilidad". Por supuesto, es preferible posibilitar elfos rubios o positivizar en realidad hadas buenas y bellas, antes que existencializar bestias dragonoides, puesto que difícilmente podemos creer que las hadas quieran chamuscarnos o puedan comerse a nadie.

El caso es que la Escuela de Neántica llevaba ya mucho camino recorrido como para cambiar la Draconología probabilística por la Elficología, una de cuyas ramas, la Feericología, se ocupa, precisamente, del estudio, producción y reproducción de hadas. (La Elficología fue popularizada por Pierre Dubois y no sólo estudia a las hadas, sino también a otra gente pequeña como elfos, trolls, duendes, etc.)... Soslayemos lo feérico, y centrémonos en lo dracónico, la Escuela de Neántica halló la unidad llamada dracónido, imprescindible para calibrar el contador de dragón: dragonómetro.

Puesto que la inteligencia se desvive por ir más allá de lo condicionado, nadie pudo evitar que en la Escuela de Neántica se especulara más allá de lo positivo y empírico, sobre estos decisivos descubrimientos y técnicas, incluso retrospectivamente, usando ilegítimamente la Razón pura para dilucidar la virtualidad de un dragón-vampiro, rascando en la etimología de "Drá-cula", ni que se perdiesen algunas mentes en digresiones meditabundas sobre el espectro discontinuo del Basilisco. Esto sucedió después del descubrimiento de las fluctuaciones paradójicas de la estadística aplicada a los espacios configurativos polidimensionales y multivérsicos, pues aconteció que los dragones, al emerger desde el espacio configurativo al real parecían algunas veces múltiples a pesar de ser uno solo, otras veces resultaban con disforia de género; o se naturalizaban con dos cabezas, lo que conducía irremediablemente a bipolaridades esquizoides y a violentos altercados.

Este último hecho podrá constar en la Historia de la Ciencia como feliz serindipia o chiripa fértil, porque el famoso ciberconstructor Gerold Rascacueros inventó -aprovechando el fracaso de la bicefalia accidental y analizando la dracónica conflictiva-, creó -decimos- un trabuco anticabeza capaz de disparar y alojar en un dragón bien formado una cabecita electrónica que al momento paralizaba al bicho alado por interferencia con el cerebro sintético y luego serenaba sus impulsos (impeta), esfuerzos (nisua) y conatos (appetitua), es decir sus energías y fuerzas ínsitas para actuar y padecer, para desear y percibir, reduciéndolo a un dragón sumiso o sumidraco. 

El sumidraco se mostró criatura relativamente dócil y susceptible de comercializarse como mascota de nobles damiselas con posibles, que dispongan de parques o jardines donde hospedar a un dragón que sigue siendo animal XXL, que no come cualquier cosa y que requiere cuidadores especializados y amaestradores si se ambiciona enseñarle a hablar o a piruetear en el aire para impresionar a invitados y amigos. Los ingenieros del dragotrón se inspiraron en cuadros antiguos, como el de Uccello que adorna esta crónica, para diseñar a estas simpáticas criaturas y prefigurar su capacidad primera de recepción monádica (πρῶτον δεκτικόν).

Por desgracia, algunos dragones sintéticos, ya más o menos enanecidos y binarios (a voluntad del consumidor), se escaparon, se colaron como polizones o viajaron como mascotas en naves interestelares y acabaron asilvestrados en planetas poco habitados, cuyos nativos y aborígenes, aún hundidos en la superstición de edades obscuras, les trataban como almas impuras, creyendo que les habían caído del cielo cual castigo divino. A cambio de que no se comieran a personas o estropearan sembrados y obras civiles, les ofrecían siete doncellas tiernas y siete efebos imberbes cada año, de los que el dragón cimarrón abusaba cuanto podía para devolverlos -¡eso cuando los devolvía!- sucios y famélicos. 

¡Menos mal que Gerold Rascacueros inventó también el Desposibilizador dragonicida! No obstante, su uso resultaba tan complejo como peligroso. 

En el reino mediavalizante y neófobo de Archivaldo Odelario, la hija del rey, Frida, sufrió acoso y rapto por parte de un dragón inteligente y libertino, aunque feo y con carácter de dinosaurio engreído. Gerold probó su lanza desposibilizadora con la bestia parda, que se resistía a poner en libertad a la hermosa Frida, y causó con el arma tal tensión entre el espacio de configuración y el espacio real que empezaron a emerger del submundo y del multiverso dos Cthulhus y tres Azathothes de Lovecraft. 

¡Menos mal que Rascacueros apagó su lanza a tiempo y todo volvió a ser posible! De no hacerlo, hubiera sido peor el remedio que la enfermedad. 

Al final se impuso una solución negociada: Frida pudo volver con su papá Archivaldo a su cortesana burbuja de confort, a cambio de la promesa firmada por el director de la Escuela de Neántica de la desextinción o puesta en existencia plausible de una hembra dragona, joven, sana, limpia y consentidora.

martes, 24 de abril de 2018

HACERSE EL TONTO

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Teodoreto, último gran teólogo de la escuela de Antioquía, fue obispo de Ciro (Siria) a mediados del siglo V. Disidente del Concilio de Éfeso, arremetió en una de sus epístolas (la ochenta y tres) contra aquellos que negaban la maternidad divina de María. Acabó reconciliado con la Iglesia, que sin embargo acabaría anatemizando la lectura de algunos de sus escritos.

viernes, 29 de enero de 2016

La ambición de Paris

Rubens. El juicio de Paris.

El Elogio de Helena del ateniense Isócrates (436-338) quizá sea una réplica al Protágoras platónico. Obra típica del género sofístico, en ella Isócrates defiende su modelo de educación y ofrece un ejemplo de elogio retórico para sus discípulos.

Como todo el mundo sabe, Helena, hija de Zeus y de Leda, reina de Esparta, fue la que le puso los cuernos a Menelao con el príncipe troyano Paris. Por ella se armó “la de Troya”, así que no tenía precisamente buena reputación. Defenderla representaba un tour de force para cualquier orador. Gorgias, maestro de Isócrates, ya había escrito un discurso defendiendo al bellezón, su Encomio de Helena.

Cuando Isócrates cuenta el juicio de Paris expresa una singular opinión sobre el verdadero motivo que llevó al príncipe troyano a elegir el regalo que le prometía Afrodita (el amor de Helena) en el concurso de belleza producido por la manzana de Discordia.

Escribe que Paris no se decidía a elegir a la más bella, ante los cuerpos magníficos de las tres diosas (Hera, Atenea y Afrodita), abrumado por la belleza de las tres. Las diosas lo intentan sobornar con regalos: Hera con el dominio de Asia, Atenea con la segura victoria militar, Afrodita con la convivencia íntima de Helena. Por fin, le obligan a decidir y él escoge a Helena (creo que yo hubiera hecho lo mismo ;-)).

jueves, 2 de julio de 2015

Ley soberana

Lucha de Hércules. Sacra capilla del Salvador. Úbeda
Cuenta Heródoto que el tirano persa Darío, más inteligente que algunos autócratas contemporáneos, convocó a los griegos que hospedaba en su corte y les preguntó cuánto querrían por comerse a sus muertos.

Los griegos se horrorizaron. Ni por todo el oro del mundo incurrirían en semejante sacrilegio. 

Luego, en presencia de los griegos, Darío convocó a los kalatios, un pueblo indio acostumbrado a consumir los restos mortales de sus parientes y que justificaban su canibalismo mediante mitos antiquísimos y ritos religiosos. Darío les preguntó a los kalatios a qué precio consentirían en quemar los cadáveres de sus mayores.

Tal blasfemia horrorizó a los kelatios que gritaron escandalizados...

Heródoto concluye: "Tal es, en estos casos, la fuerza de la costumbre; y, en mi opinión, Píndaro dice la verdad cuando declara que la costumbre es la reina del mundo".

La anécdota ilustra ya cierto relativismo. Cada cultura tiene sus peculiares valores y ritos. 

El poema de Píndaro empieza:


νóμος ὁ πάντων βασιλεύς 

θνατῶν τε καì ἀθανάτων
ἄγει δικαιῶν τό βιαιότατον
ὑπερτάτα χειρí... 
La ley es soberana de todo

de los mortales y de los inmortales
dirige lo más enérgico de los justos
con brazo sobresaliente... 


El verso del beocio 'νóμος ὁ πάντων βασιλεύς', o sea, "la costumbre (nómos) es reina de todas las cosas", ha sido interpretado una y otra vez a lo largo de la historia según la noción de ley (o costumbre) de cada autor. Así la cita es alterada, modificada..., y el pensamiento de cada intérprete se refleja en la manera de traducirla y comentarla.

Pertenece a un poema perdido y parcialmente redescubierto en un viejo papiro. Evoca el robo hercúleo de los bueyes de Gerión y justifica la violencia empleada por Hércules, pues lo que hizo le estaba mandado, y no pidió ni pagó los bueyes a Gerión, sino que los robó. Ejercicio legítimo de la violencia, pues. 

Lo justo, ¿está por encima de la ley, o lo justo -dada la relatividad de las costumbres humanas- es la ley misma? ¿Debemos cumplir las leyes en cualquier caso o, por el contrario, hay momentos en que lo justo es rebelarse, estar más allá o más acá de la ley?

Calicles cita el verso en el Gorgias platónico. Y el filósofo ateniense lo recoge textualmente, alude a él o lo parafrasea en Leyes (690b, 715a, 890a). 

El desprecio a la ley coincidirá, tras la muerte de Pericles, con la decadencia del civismo. Platón, Isócrates, Demóstenes, buscaron la restauración de la ley y la recuperación del respeto a la ley, pero fracasaron.

Lo mejor de la democracia -ese invento ateniense- es la racionalización del ejercicio del poder, y no consiste sólo en que cada cual vote según sus gustos, caprichos o ideas a sus representantes cada cuatro años, o se pronuncie cuando le convoquen a referéndum, sino que admitimos que son las leyes, y no las personas, quienes nos gobiernan. Y que los gobernantes están, ellos mismos, sometidos a ley, ordenados, gobernados por ella. 

Pacta sunt servanda.