Senaquerib, Ezequías, Isaías y la sorprendente salvación de Jerusalén (701 a. C.)
Hace más de dos mil setecientos años, el rey asirio Salmanasar conquistaba Samaria y deportaba a los israelitas a las ciudades de los medos. Poco después, su sucesor Senaquerib, en el 701 antes de Cristo, también quería hacerse con el reino judío del sur, es decir, con Judá. Conquistó cuarenta y seis ciudades y capturó más de doscientas mil personas, haciéndose con el control de ganados y de bienes. Ya presumía de haber encerrado al rey israelita Ezequías en su jaula de Jerusalén.
Veinticinco años tenía Ezequías cuando subió al trono, su madre, llamada Abi, era hija de Zacarías. Sustituyó a Manasés, hijo de Hafsiba, que se había dado a la astrología, la adivinación y la nigromancia para disgusto de Yavé, el cual según el Antiguo Testamento hizo llover sobre Jerusalén tales calamidades, que a cualquiera que las oyere contar le retiñirían las orejas. Por eso no las cuento.
Ezequías destruyó todas estas nefastas idolatrías, así como el culto a la Serpiente de Moisés, a la que habían forjado en bronce y llamaban Nejustán y a la que quemaban incienso como si se tratase de un dios (esta serpiente acabaría convertida en el emblema de Farmacia). Según el Libro de los Reyes bíblico, Ezequías se mantuvo fiel al Señor sin apartarse de sus sendas, o sea, cumpliendo sus diez mandamientos. En previsión de males mayores, había construido un canal subterráneo, un túnel que permitía que la Jerusalén amurallada, de ser sitiada, pudiera suministrarse agua sin cortapisas de los conquistadores asirios.
Para congraciarse con Senaquerib, Ezequías le regaló toda la plata que se conservaba en el templo más treinta talentos de oro. Pero no fue suficente para aplacar sus afanes de saqueo, conquista y sometimiento. El rey asirio mandó a su copero mayor amenazando por dos veces y conminando a los emisarios de Ezequías a entregar la ciudad y rendirse. Pero el profeta Isaías consultó con el Señor del universo y animó al rey judío, prometiéndole la salvación de él y de su pueblo. Cuando Senaquerib le mandó por escrito un ultimátum, Ezequías lo llevó al templo y lo extendíó delante de su Señor.
Por segunda vez, el profeta Isaías recogió el oráculo de Yavé en el que el todopoderoso prometía a su pueblo la salvación, amenazando con poner un anillo en las narices (tal se hacía entonces con los esclavos) y una mordaza en la boca del rey de los asirios. Aquella misma noche, el ángel del Señor mató en el campamento de los asirios a 185.000 hombres. Cuando Senaquerib vio de madrugada todos aquellos cuerpos muertos levantó el campamento y se marchó a Nínive, en cuyo templo sus hijos Adramalec y Sarasar le apuñalaron, según cuenta el segundo Libro de los Reyes.
Curiosamente, el registro bíblico y el asirio coinciden al describir la caída de las ciudades fortificadas de Judá en poder de los asirios. Y el documento asirio calla respecto a la salvación de Jerusalén. Los eruditos no se explican que en una sola noche el ejército asirio perdiese ciento ochenta mil soldados... ¿Fue una peste?, ¿una legión de "ángeles" salvadores? Lo cierto es que, contra todo pronóstico, Jerusalén sobrevivió al imperio más poderoso de la época. Sabemos que eso acaeció en el 701 antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.
Nota bene
No hay que confundir a Ezequías, rey de los judíos que construyó el famoso acueducto subterráneo y salvó a Jerusalén del asedio de los asirios, asesorado por el profeta Isaías, con Ezequiel, profeta que vivió más de un siglo después, durante el cautiverio babilónico, conocido por sus visiones complejas (como la de los huesos secos).