jueves, 23 de julio de 2026

LA CARCAJADA DE SEUTES

 

Territorio de los Odrisios en Tracia. En los tiempos en que combatieron
Seutes II y Los Diez Mil, contra otras tribus tracias,
 los griegos bajo el mando de Jenofonte (Anábasis VII)


Seutes, príncipe odrisio de Tracia, protagoniza con Los Diez Mil el libro VII de la Anábasis de Jenofonte. La Anábasis fue extraordinaria expedición de un enorme ejército mercenario griego, primero adentrándose en Persia al servicio de Ciro el Joven, contra su hermano Artajerjes II, y, tras la muerte de Ciro en la batalla de Cunaxa, de vuelta por Asia Menor. Los Diez Mil constituían una verdadera ciudad ambulante, que incluía heteras, médicos, artesanos, encargados de comercio, rebaños, etc. marchando por territorios hostiles, hasta las colonias griegas del Mar Negro (Ponto Euxino). Jenofonte de Atenas acudió voluntario a dichas tropas por amistad con Próxeno de Beocia, general griego al servicio de Ciro, como caballero libre, pero acabó asumiendo responsabilidades de jefe. Próxeno le prometió presentarle al príncipe persa y le aseguró que una amistad con Ciro el Joven le reportaría grandes beneficios, prestigio y honores.

Jenofonte, amigo y discípulo de Sócrates, al que recordará en sus Memorables, pertenecía a los eupátridas, los hippeis (caballeros) atenienses, sector que había apoyado o simpatizado con el régimen oligárquico de los Treinta Tiranos. Con la restauración de la democracia, el ambiente político en Atenas le era hostil, por lo que emprender una aventura militar en Asia Menor era una forma conveniente de alejarse de la ciudad buscando a la vez satisfacer su curiosidad y mejorar su suerte. Dudoso sobre si debía aceptar la invitación de su amigo Próxeno, Jenofonte consultó a su maestro Sócrates. Este, temiendo que aliarse con un persa le acarreara problemas políticos en Atenas (lo cual terminó ocurriendo con su posterior exilio), le sugirió consultar al Oráculo de Delfos, pero Jenofonte planteó la pregunta con trampa: no preguntó si debía ir, sino a qué dioses debía ofrecer sacrificios para tener un viaje próspero. Sócrates lo reprendió por el ardid, pero le aconsejó cumplir con los sacrificios y marchar.

Mapa con el itinerario de los Diez Mil (401-399 a. C),
relatado por Jenofonte en la Anábasis

El príncipe Seutes es uno de los caracteres más interesantes de la historia contada por Jenofonte, descendiente de Teres, fundador del reino de los odrisios, pueblo tracio que ocupaba la mayor parte del país, limitando al norte con el Danubio, al oeste con los ríos Struma e Isker y al sur y este con la costa que va de Abdera al Danubio. Tras la muerte de Seutes I en el 410 a. C., el reino de los odrisios se desintegró. El Seutes de la Anábasis era uno de los virreyes o "paradinastas" que gobernaban las tribus y heredó de su padre Mésades un territorio de gran importancia estratégica, región sudeste de la Tracia europea que rodeaba la importante colonia griega de Bizancio (luego Constantinopla, capital del imperio romano oriental; y más tarde, cuando la invasión turca: Estambul), pero Seutes no controlaba el llamado "Delta de Tracia", porque Mésades, padre de Seutes, había sido expulsado de este territorio cuando la situación de los odrisios empeoró, y su hijo anhelaba recuperar su herencia con las armas mediante una alianza con Los Diez Mil.

Como Los Diez Mil (que, tras su periplo por Asia Menor, ya no eran tantos) no encontraron la forma de embarcarse hacia su patria, la mayoría procedían de los montes del Peloponeso (Arcadia y Acaya), y Seutes les prometió una buena soldada, accedieron a combatir por él, así que las tropas griegas y las del cacique odrisio combatieron contra tinos (o tinios), tribu montaraz y belicosa, que atacó el campamento griego con nocturnidad y alevosía, hasta someter y saquear también a otras tribus de la zona como tranipsas y malenditas (a los que los griegos llamaban "melinófagos" por su afición al mijo), incluso a aquellos que se ocupaban de saquear los pecios de los naufragios ocurridos frente a sus costas, donde dice Jenofonte que encontraban urnas y "rollos de papiro escritos" junto a muchos otros objetos, siendo este el testimonio más antiguo del comercio de libros en Grecia.

Seutes presumía de antiguo pedriguí ateniense y promete a Jenofonte "el oro y el moro" si le ayuda al frente de los mercenarios. No cumplirá sus promesas, a pesar de que hoplitas y peltastas combatirán a favor del tracio, y de sí mismos para proveerse de alimentos, reses y esclavos. Peor equipados para el frío de aquellos climas, sobre las nieves los griegos lo pasan peor que los tracios, equipados estos con pieles de zorro y protegidos por túnicas largas y capas de invierno, en lugar de las ligeras clámides de los helenos.

En una de aquellas batallas cuenta Jenofonte cómo combate junto a Seutes y este y los suyos abaten sin clemencia a los enemigos con jabalinas y espadas. Sin embargo, había un tal Epístenes de Olinto, pederasta, el cual, viendo a un joven hermoso, recién entrado en la pubertad con un escudo ligero, que iba a ser sacrificado por los de Seutes, corrió hacia Jenofonte suplicándole que socorriera al chaval. Jenofonte se acerca a Seutes y le pide que no mate al chico, detallándole la manera de ser de Epístenes y que éste una vez reclutó a toda una compañía escogida por la belleza de sus miembros y que combatía en compañía de éstos con gran valor.

En tales y violentas circunstancias, Seutes pregunta a Epístenes si está dispuesto a morir él en lugar del chico y Epístenes extiende el cuello y responde: "Golpea con tu espada, si lo manda el chico y piensa agradecérmelo". Seutes, entonces, se vuelve al niño y le pregunta si le da el golpe mortal al griego en su lugar. El muchacho no lo consiente y suplica por la vida de los dos, a lo que Epístenes abraza al niño y exclama: "¡Es hora para ti, Seutes, de luchar conmigo por este niño, pues no lo soltaré!". El príncipe Seutes los deja a ambos vivir y se da la vuelta, soltando una gran carcajada.

***

Los eruditos discuten si este Epístenes de Olinto es el mismo Epístenes de Anfípolis, capitán de los peltastas en la batalla de Cunaxa, porque Olinto y Anfípolis era ciudades griegas próximas. Como se sabe, en el ámbito militar, y no sólo entre lacedemonios, era frecuente entre los griegos la pederastia.

Nota bibliográfica 

He manejado como fuente para esta entrada la extraordinaria edición de la Anábasis de la editorial Cátedra, a cargo de Carlos Varias, que incluye introducción, mapa e índice de nombres propios y gentilicios, en la colección Letras Universales, Madrid 2010. Y para los mapas y precisión de algunos datos la IA Gemini de Google.

jueves, 2 de julio de 2026

TORRE OLEARIA




"No me pidas recuerdos, no me pidas
labios volcados a un poniente oscuro.
Deja al papel sin pauta de la noche
la voz del mundo."

Oda de Antonio Carvajal


 Oldeta Olea había estudiado en conservatorio y dominaba violonchelo. Cantaba como los ángeles: soprano lírica. Se llevó en su juventud varios sinsabores emocionales que la dejaron triste, la declinaron sin voluntad y sin ilusiones, como quien ya no desea querer ni quiere desear, como quien ya no aprecia la vida ni esperanza sus pasiones. No veía por doquier sino pelafustanes y protervos o necios sueltos y desamparados, cómplices conjurados para dominar mundos o sufrirlos.

Hija única, Oldeta perdió a sus padres temprano. Salió adelante solitaria, lamiéndose heridas  como buey solo. En cuanto rearmó su carácter realimentando su ánimo con lecturas de los clásicos y disciplinando su soledad con virtuosismos de intérprete, se fue a vivir a una torre próxima al mar, una ruina que compró barata y rehabilitó con cuidados de dueña y buen gusto de artista. Cuando hubo terminado de pintar sus muros interiores, los tapizó con libros en diferentes lenguas, con tapices y fotos, con apliques y cuadros. 

La experiencia le había hecho aceptar el sentido trágico de la existencia humana y la soledad esencial de los capaces. Oldeta se dispensó de quimerizar, a sabiendas que para el carácter que reflexiona, la realidad pinta mal, distópica y encarnadura de lo impensable... Fabricóse en su torre y alrededor de ella refugio y entretenta, motivo de irreflexión. Taller, huerto y biblioteca, no necesitaba más. Allí, en las afueras de una pequeña ciudad provinciana, Oldeta habitaba a media luz, evidenciándose misteriosa: andaba a pasitos, bebía a sorbitos, comía a bocadillos y a empujoncitos defecaba y orinaba, distraída de su perla íntima y olvidando frustraciones. 

Mostrábase ponderada y diferente a la canalla, pero se regalaba maternalista con quienes acudían a sus lecciones de violonchelo y ahuchaban en mente sus sensatas palabras. Mostrábase munífica con curiosos e inquietos y casi se dejaba robar el tiempo por señorona. Con ella aprendían sus alumnos más que solfeo y música, también buenos modales y sentido crítico. 

Enseñó que la ética verdadera manda vivir al margen de una sociedad dominada por el interés material de neuróticos poderosos y por gentes de vanidad y empeño, que son como naturalezas acatantes y absortas en el futuro, gurruminos y querindongas con tendencia al despilfarro... 

"¡Aprended, aprended primero --recomendaba-- por si alguna vez pretendéis pensar por vuestra cuenta!".

Imponía a sus prosélitos no admitir honores ni apoyarse en retóricos derechos, no quejarse de cuanto nos quiten los mandamases, porque eso supone haberlo tomado antes. Decía de sí que no era nadie, pues nada ambicionaba dominar o poseer del todo.

El congoleño Aarón Sadiki, uno de los jóvenes a los que instruía en el dorremí, se prendó de Oldeta. No hicieron caso a la diferencia de edad y entraron en comercios íntimos. Todavía tuvo tiempo de darse un hijo, a sí y a su amante, con lo que también se aseguró futuro y compañía viva. Sin embargo, a Aarón no "le ponía" paternidad. Y a los cinco años de intimidades con Oleta prescindió de su amabilidad y matronazgo. El africano, ansiando nuevos placeres, dejó la Torre Olearia (que así llegó a llamarse) por los encantos de una jovencita que hacía ferias con su familia en el pueblo, vendiendo entradas para las cunicas de La Gran Noria.  

Oleta no sufrió demasiado ni largo tiempo por la huida del congoleño bigardo, aunque echó de menos sus cálidos pulpejos y lamentó a su manera la desolaciòn de haberle conocido y constatado. Mas halló alegría en la crianza y educación de su vástago mulato y ocupación concentrada en lecturas y artesanías. Pese a los hechos, no se desencantó ni rehusó la existencia mundana; su voluntad deferida había de ser más pura que la razón y su experiencia. Su torre acabó convertida en centro cultural de primer orden. Ella se significaba como única lutier que quedaba en la provincia para restaurar instrumentos, calafatear bandurrias, afinar cuerdas de pianos o limpiar tripas de acordeones.

Conocí al hijo de Oldeta y de Aarón por casualidad, un tipo guapo, listo, con piel de chocolate. No revelaré su nombre. Contaré que no había conocido a su padre ni lo lamentaba. Tocábamos juntos en la misma orquesta; yo el violín y él la viola. Nos hicimos amigos porque jugaba ajedrez. Gustaba practicar aperturas extrañas cuando salía con blancas. Gracias a él tuve la suerte de conocer a Oldeta anciana y el privilegio de hacer tertulia en Torre Olearia. La famosa maestra ya sufría la vida porque apenas podía moverse a causa de artrosis severa, pero su conversación todavía transcurría sabia; el tesoro de sus recuerdos, muy interesante. 

En uno de nuestros encuentros me dijo palabras que no olvidaré. Las copio aquí para asegurarme de no olvidarlas:

"Un día cederá tu manía de protestar como ansioso deseante...; en unos años olvidarás amar, suceso este que, por lo demás, te pasará inadvertido; y otro año, por fin, cuando hayas devenido anciano, si ese daño alcanzas, te descubrirás más lejos del rubor y del deseo que de los pañales".

He escrito estas notas como borrador de su necrológica. Ayer mismo entregó su alma a Dios Oldeta Olea. En su despedida fúnebre sonó pieza de Juan Sebastián Bach, interpretada por una de sus discípulas. Mucha gente derramó lágrimas por su pérdida. En el entierro no se supo nada del padre de mi amigo. Por un momento de prodigio, no se oyó la voz del mundo, sino la del cielo.