Oda de Antonio Carvajal
Oldeta Olea había estudiado en conservatorio y dominaba violonchelo. Cantaba como los ángeles: soprano lírica. Se llevó en su juventud varios sinsabores emocionales que la dejaron triste, la declinaron sin voluntad y sin ilusiones, como quien ya no desea querer ni quiere desear, como quien ya no aprecia la vida ni esperanza sus pasiones. No veía por doquier sino pelafustanes y protervos o necios sueltos y desamparados, cómplices conjurados para dominar mundos o sufrirlos.
Hija única, Oldeta perdió a sus padres temprano. Salió adelante solitaria, lamiéndose heridas como buey solo. En cuanto rearmó su carácter realimentando su ánimo con lecturas de los clásicos y disciplinando su soledad con virtuosismos de intérprete, se fue a vivir a una torre próxima al mar, una ruina que compró barata y rehabilitó con cuidados de dueña y buen gusto de artista. Cuando hubo terminado de pintar sus muros interiores, los tapizó con libros en diferentes lenguas, con tapices y fotos, con apliques y cuadros.
La experiencia le había hecho aceptar el sentido trágico de la existencia humana y la soledad esencial de los capaces. Oldeta se dispensó de quimerizar, a sabiendas que para el carácter que reflexiona, la realidad pinta mal, distópica y encarnadura de lo impensable... Fabricóse en su torre y alrededor de ella refugio y entretenta, motivo de irreflexión. Taller, huerto y biblioteca, no necesitaba más. Allí, en las afueras de una pequeña ciudad provinciana, Oldeta habitaba a media luz, evidenciándose misteriosa: andaba a pasitos, bebía a sorbitos, comía a bocadillos y a empujoncitos defecaba y orinaba, distraída de su perla íntima y olvidando frustraciones.
Mostrábase ponderada y diferente a la canalla, pero se regalaba maternalista con quienes acudían a sus lecciones de violonchelo y ahuchaban en mente sus sensatas palabras. Mostrábase munífica con curiosos e inquietos y casi se dejaba robar el tiempo por señorona. Con ella aprendían sus alumnos más que solfeo y música, también buenos modales y sentido crítico.
Enseñó que la ética verdadera manda vivir al margen de una sociedad dominada por el interés material de neuróticos poderosos y por gentes de vanidad y empeño, que son como naturalezas acatantes y absortas en el futuro, gurruminos y querindongas con tendencia al despilfarro...
"¡Aprended, aprended primero --recomendaba-- por si alguna vez pretendéis pensar por vuestra cuenta!".
Imponía a sus prosélitos no admitir honores ni apoyarse en retóricos derechos, no quejarse de cuanto nos quiten los mandamases, porque eso supone haberlo tomado antes. Decía de sí que no era nadie, pues nada ambicionaba dominar o poseer del todo.
El congoleño Aarón Sadiki, uno de los jóvenes a los que instruía en el dorremí, se prendó de Oldeta. No hicieron caso a la diferencia de edad y entraron en comercios íntimos. Todavía tuvo tiempo de darse un hijo, a sí y a su amante, con lo que también se aseguró futuro y compañía viva. Sin embargo, a Aarón no "le ponía" paternidad. Y a los cinco años de intimidades con Oleta prescindió de su amabilidad y matronazgo. El africano, ansiando nuevos placeres, dejó la Torre Olearia (que así llegó a llamarse) por los encantos de una jovencita que hacía ferias con su familia en el pueblo, vendiendo entradas para las cunicas de La Gran Noria.
Oleta no sufrió demasiado ni largo tiempo por la huida del congoleño bigardo, aunque echó de menos sus cálidos pulpejos y lamentó a su manera la desolaciòn de haberle conocido y constatado. Mas halló alegría en la crianza y educación de su vástago mulato y ocupación concentrada en lecturas y artesanías. Pese a los hechos, no se desencantó ni rehusó la existencia mundana; su voluntad deferida había de ser más pura que la razón y su experiencia. Su torre acabó convertida en centro cultural de primer orden. Ella se significaba como única lutier que quedaba en la provincia para restaurar instrumentos, calafatear bandurrias, afinar cuerdas de pianos o limpiar tripas de acordeones.
Conocí al hijo de Oldeta y de Aarón por casualidad, un tipo guapo, listo, con piel de chocolate. No revelaré su nombre. Contaré que no había conocido a su padre ni lo lamentaba. Tocábamos juntos en la misma orquesta; yo el violín y él la viola. Nos hicimos amigos porque jugaba ajedrez. Gustaba practicar aperturas extrañas cuando salía con blancas. Gracias a él tuve la suerte de conocer a Oldeta anciana y el privilegio de hacer tertulia en Torre Olearia. La famosa maestra ya sufría la vida porque apenas podía moverse a causa de artrosis severa, pero su conversación todavía transcurría sabia; el tesoro de sus recuerdos, muy interesante.
En uno de nuestros encuentros me dijo palabras que no olvidaré. Las copio aquí para asegurarme de no olvidarlas:
"Un día cederá tu manía de protestar como ansioso deseante...; en unos años olvidarás amar, suceso este que, por lo demás, te pasará inadvertido; y otro año, por fin, cuando hayas devenido anciano, si ese daño alcanzas, te descubrirás más lejos del rubor y del deseo que de los pañales".
He escrito estas notas como borrador de su necrológica. Ayer mismo entregó su alma a Dios Oldeta Olea. En su despedida fúnebre sonó pieza de Juan Sebastián Bach, interpretada por una de sus discípulas. Mucha gente derramó lágrimas por su pérdida. En el entierro no se supo nada del padre de mi amigo. Por un momento de prodigio, no se oyó la voz del mundo, sino la del cielo.