jueves, 5 de febrero de 2026

TEJIDO REINO DE ERSILIA

 


Los libros, las redes sociales y los archivos digitales resultaban inútiles en el famoso Reino milenario de ERSILIA. La biografía de la ciudad se teje en el espacio físico, a través de relaciones humanas presenciales. Los ersilianos estaban convencidos de que los males de amor no se curan sino con la presencia y la figura, por eso sus vínculos o enlaces forman hilos de seda, de poliester y de otros muchos materiales dúctiles y flexibles, que representan lazos de parentesco, votos de amistad, impresiones de amor, guirnaldas de gratitud, farolillos de admiración, emulaciones creativas..., pero también, y desgraciadamente, fulgores de odio, verdes trepadoras de envidia, torpes deseos codiciosos, celos estranguladores, etc. Incluso los bailes en la obscuridad dejan rastros textiles en las salas y dormitorios de Ersilia.

Los hilos de tales relaciones forman figuras como hifas de micelios fúngicos, como cabelleras reticulares o ramosas, que crecen adventicias a las personas, aéreas o subterráneas, y luego quedan sueltas e independientes donde las gentes se entretuvieron intercambiendo gestos o palabras. Con el tiempo tales figuras pierden grosor o consistencia si no se cultivan las relaciones que las crearon; con el descuido se marchitan, hasta secarse o desaparecer por su olvido; algunas, efímeras, estallan como pompas de jabón en la atmósfera de Ersilia.

Sin embargo, esos tejemanejes de enredos consistentes o de ajetreos intensos se han vuelto con el tiempo un entramado tan complejo como tejido de araña y bosque muy fragoso de urdimbres complejas y tramas liosas: "trame disordinate", como las describió Marco Polo. Sí, en efecto, el famoso mercader y aventurero visitó el Reino de ERSILIA en aquellos tiempos legendarios de finales de la Edad Media, aunque permaneció en su capital poco tiempo y no quiso dar memoria amarga de su estancia allí, en ninguno de sus escritos, porque tropezó mucho en sus avenidas y se hizo varios chichones en las escalinatas de su palacio real. 

Menos mal que los habitantes de esta insólita ciudad borran y aniquilan viejas relaciones que se solidificaron, para poder dibujar en su lugar paños, lanas y fieltros nuevos, que son como grafitis tridimensionales, estereogramas u hologramas, que dificultan el tránsito de un lugar a otro, pero a los Ersilianos no les importa esta dificultad y se mueven como monos en el extraño tapiz de su bosque de relaciones y vínculos materializados, descifrando por el color y la forma el sentido de nuevos y viejos apegos o desapegos.

Cuando un Ersiliano cesa (por exilio, migración o deceso), los hilos que le unían a la ciudad y a sus comunidades pueden desaparecer, dejando espacios vacíos; o pueden conservarse, eso según hubiese sido su contribución al bien común y los recuerdos de él que deja en los que permanecen vivos y civiles. Tales contenidos o vacíos admiten diferentes interpretaciones. Hay todo un ministerio dedicado a la hermenéutica de los hilos y especialistas en sensaciones, sentimientos y emociones particulares causadas por la representación del vínculo, y doctores en figuras de asco, de vergüenza, ira, placer, dolor, recelo, envidia, celos, esperanza, deseo, desprecio, etc. 

Ersilia es un libro vivo. Los habitantes de esta ciudad leen en el diseño del tejido de sus calles, de sus plazas, de sus parques, del interior de sus casas, y hasta de sus cuadras y retretes, la historia sentimental de su ciudad, algo así como lo que Unamuno llamó intrahistoria: sus cambios, ausencias y presencias. 

Algunas figuras, por la originalidad de los sentimientos que representaron acaban cobrando la consistencia de estatuas con título: "bofetada dulce", "puntapié de abejas", "sacrificio lustral", "asco perfecto", "abrazo tranquilizador", "cópula piadosa", "escape tecnologizado", "recuerdos profanados", "malhumor creativo". Otras de estas figuras, las mejor consolidadas, sirven en Ersilia para los estudios y formación de médicos o psicólogas, con lo que se preservaban en academias y universidades: "estupor disociativo", "seducción inapropiada",  "piropo equívoco", "insinuación obscena", "halago confortador"..., son algunos de los títulos de dichas configuraciones anímicas.


jueves, 22 de enero de 2026

EL PORQUÉ DE SU GUADAÑA

Ilustración creada ex profeso para este relato por IA Gemini


 No fue un sueño, sino un experiencia límite, un encuentro crucial, el que Kerinto Hugote vivió en aquella ocasión tan especial en la que no sabia si tirar para delante o echar para atrás, en aquel túnel encenagado, con el barro hasta las ingles, moviendo con dificultad la bicicleta con la que se había metido temerariamente en un agujero obscuro e interminable. La visión de la Dama Ruda, de la Dura Señora, fue tan nítida como la de una hoja muerta o la de un matorral espinoso, precedida de un vértigo parecido a los que mucho antes había sentido en varias primaveras de su tierna adolescencia. No venía a por él la Dama, sino a conversar con él. Cosa rara.

Kerinto podría presumir de valiente. No se aterrorizó ante la presencia de la Señora; más bien se sintió importante por haber sido en aquel suceso portentoso confidente de la Muerte personificada, la Parca figurada en proposopeya intensiva, durante uno de sus escasísimos ocios. Sin embargo, no quería arriesgarse a que le tomaran por loco, por crédulo, por majareta, como esos insensatos que toman sus delirios por apariciones verdaderas y sus miedos imaginarios por espectros vivientes. Además, hablar de Muerte es de pésimo gusto; tratar con ella, indecoroso; por eso la aislamos en jaulas de cristal cuando acaece lo inevitable al abuelito o a la madrecita. Ella es lo que sucede a la vida, su acabose, su fiel compañera o tesorera, pero la memoria de esa Dama cruel desazona a cualquiera.

En la penumbra húmeda de aquel túnel interminable, pasadizo subterráneo construido hacía más de un siglo para un tren improbable, en aquella galería surreal la Muerte le explicó a Kerinto Hugote por qué había cambiado su antiguo arco de madera de ciprés por una guadaña de acero esterilizada. En aquella situación tan comprometida, tras gran esfuerzo luchando con el cieno del antro, y tras ligero desvanecimiento en el aire corrompido de aquella gruta artificial, habló la Muerte a Kerinto y él recuerda fielmente lo que la Muerte le contó:

<< Vine a la Tierra comisionada por el Benigno y con visado del Maligno. La Serpiente me introdujo en el planeta para dar significado a las realidades sensibles a las que Adán había puesto nombres y el Diablo música, para que danzasen. Has de creer, amigo, que sustituyo a una compañera que, tras diez siglos de faena aniquiladora, muy fatigada por los genocidios del siglo XX, vuela disfrutando de una bien ganada jubilación en una remota Galaxia para clases pasivas de la Ogdoada o Región intermedia. En realidad, todas las muertes somos la misma Muerte, pero eso tú ahora no puedes comprenderlo ni lo entenderás jamás...

>> Lo que sí sabrás es que la primera a la que llamaron "Muerte" a fin de que ejerciese nuestro oficio vino al mundo nada más comenzar la vida como su imprescindible complemento... Pues bien, a falta de experiencia y sin haber cursado el Máster de tránsitos y acabamientos, pues hice sólo un Cursillo acelerado y virtual de óbitos imprevistos y decesos fatales, esta servidora no sabía muy bien cómo proceder matando, si aniquilaría primero al pobre o al rico, si antes tumbaría a la tonta que a la lista, si a la anciana o al jovencito, si al poderoso o al desocupado, si al ama de casa o a la subsecretaria de transportes... Ten en cuenta que, aunque me pintáis toda huesos y con órbitas oculares vanas, ¡a una no le falta corazón!..., quiero decir que también afecto atenciones y buenos sentimientos respecto de lo humano, tan frágil, y yo quería cumplir lo mejor posible con la faena imprescindible que me había sido encomendada como Muerte interina de este Valle de lágrimas. 

>> Fue el caso que decidí estrenar mis poderes de protonumeraria apuntando la letal flecha de mi magnífico arco contra un mozo de esos que se creen inmortales y montan ruidos, un joven sano y hermoso como brazo de mar, uno de los que se burlan del destino, más firme que roble, sobresaliente galán..., así que le derramé gran mancha de aceite en una curva, su moto resbaló, él saltó por los aires y un quitamiedos le seccionó una arteria. No sufrió mucho porque se desangró enseguida... Pues, enseguida, ¿qué crees que dijeron? ¡no puedes imaginarte, Kerinto, amigo, lo que parlaron de mí! Las gentes me llamaron de todo, de todo lo malo que se puede murmurar contrra una perfecta desconocida, que si soy bárbara, que si salvaje, que si traicionera, que había venido a maltratar a lo más lindo que principiaba a vivir, "¡qué esperanza había cortado!, ¡qué belleza había malogrado!". Amigos del finado, padres, admiradoras y lameculos..., ¡todos contra mí afeándome el disparo! A mí me parecía que un lechuguino joven y sin familia propia no haría tanta falta como una madre de familia o un varón hecho y derecho con hijos a medio criar...

>> Viendo lo mal que había quedado, a continuación encaré el arco para lanzar mi dardo envenenado contra un viejo centenario. Esperaba que ahora sí me agradecerían la iniciativa pues les libraba de gruñidos, quejas y cuidados, cargándome a aquel saco de achaques, a aquel crisol de medicamentos. Pensaba yo que si la muerte es naufragio para un joven, es  puerto amigo para un anciano atormentado por toses, dolores de huesos y malas digestiones... Por eso le mandé una neumonía que lo fulminó en venticuatro horas... Esperaba yo cierta consideración y reconocimiento, pero ¡ca!, por lo visto ese matusalén amojamado resultaba todavía esencial para la república, consejero eminente, ejemplo de sensatez y modelo de excelencias cívicas...

>> Nadie estaba contento con lo que yo hacía, pero tenía que cumplir con mi oficio y esta vez decidí fulminar a una joven revoltosa con la cabeza llena de pájaros, muy hermosa y amiga de la cirugía estética, que tenía amargados a los padres y revuelto al pueblo, porque volvía locos a los mocicos provocando mil disputas y algunas cuchilladas. Aun pensaba yo que, cómo por reina de la belleza se tenía, más que la madrastra de Blancanieves, llevándomela pronto le evitaría deprimirse viéndose fea y vieja... ¡Ni así acerté! Igual me recriminaron por llevármela, reprochándome que para una guapa que tenían... que más valía que hubiera pensado en privarlos de gibosas y contrahechas. Entonces, por hacerle caso a tanto villano, maté a un adefesio, pero no tardaron en criticarme y me acusaron (como a Sócrates) del delito de impiedad: "¡No bastaba con el agravio que le había hecho Naturaleza a la pobre pariéndola fea, encima tenía que venir yo a privar a sus padres de lo mejor que tenían, pues aunque feúcha y desangelada de rostro, era la mejor de sus hijas por discreta y bien ordenada, alma bella, muy apta para el gobierno de cualquier casa, mientras sus hermanas perdían el tiempo entre espejos, cosméticos, despachos esteticistas, peluquerías y gimnasios de fitness...

>> Maté luego a un pobre, luego a un rico..., y no gustó ni lo uno ni lo otro. Si al pobre, porque le quedaban esperanzas; si al rico, porque pagaba impuestos. Harta de habladurías y descalificaciones, me decidí a consultar a los que pretendía matar, antes de ejecutarlos para que ellos mismos, los que iban a morir, escogiesen, dentro de ciertos márgenes, modo, lugar y tiempo... Pero nadie encontraba ocasión para cubrir el expediente, que "ahora no puedo", que si "no he testado todavía", que si "todavía tengo que colocar a los nenes"... A ninguno le venía bien concertarse conmigo, no había viejo ni vieja que no creyesen que podrían vivir o malvivir un año más, y mejorando de salud... Bien es verdad que algunos, desesperados, requerían mis servicios, pero muchas veces me encontré con que no conjuraban mi atención para ellos mismos, sino para que acabara con la suegra enredadora, abortara al no nacido, ahogara al marido infiel o degollara a la cuñada impertinente..., para que acabara, en fin, con otros, con los estorbos o con el abuelo avaro y millonario (para heredarlo enseguida)... ¡Como si una hubiese sido empleada de sicario!

>> Afligida por tanta infamias y cansada de innobles equívocos, fue entonces cuando cambié el arco y las flechas por una hermosa guadaña. Cerré los ojos, apreté los puños y comencé a segar a tajo parejo con la nueva herramienta, me daba igual dar con verde que con hueso, lo mismo me daba descabezar rosales que cardos borriqueros, lo mismo pelar sabios que necios. "¡A ver si por fin, ahora, no os quejáis, humanos, más que humanos!", me decía contenta, mientras tajaba, tronchaba y truncaba.

>> Y con este modo de proceder me he quedado tan pancha, flaca y desnuda, vale, pero eficaz y armada con potente arma muy inclusiva, pues no discrimina ni por raza ni por género ni por edad, religión u oficio. >>

Kerinto Hugote salió, tirando de la bici, casi arrastrándose y tras largo esfuerzo, de aquel túnel en el que arriesgó la vida y la iluminó extrañamente... Cuentan que volvió a casa transformado por aquella visión. Prudente, no dijo nada, pero jamás olvidó lo que la Dama Ruda le había confesado. Atesoró hasta nuevo encuentro decisivo el secreto que le había regalado la Señora: el porqué de su guadaña.



viernes, 16 de enero de 2026

BLASCO IBÁÑEZ Y EL CABURÉ

 

Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

Desencantado de la política activa e impulsado por su espíritu aventurero, don Vicente Blasco Ibáñez se embarcó para la Argentina. Allí alterna sus oficios de conferenciante y escritor con el trabajo y las peripecias del valeroso pionero, del arriesgado colono en unos territorios inhóspitos del Amazonas, entre 1904 y 1914, en regiones de paisajes extraños y climas diferentes... La colonia "Cervantes" se ubicó en el alto valle del Río Negro, en la Patagonia septentrional, tras recibir tierras desérticas del gobierno argentino que el escritor pretendía convertir mediante irrigación en zonas productivas. El asentamiento prosperó y hoy conserva como localidad el nombre del autor del Quijote.

En la provincia de Corrientes, cerca de la orilla del río Paraná, el emprendedor Blasco Ibáñez introdujo el cultivo del arroz en el actual municipio de Riachuela, aplicando técnicas que conocía de su Valencia natal. Aunque la costumbre ha perdurado con provecho en aquellos lares, la aventura del escritor resultó agridulce, un sueño quijotesco que no llegó a cuajar. Dejó venturosa huella, pero en aquel entonces fracasó económicamente debido a problemas financieros y a las costosas inversiones en maquinaria, infraestructuras, viviendas..., gastos que superaron con mucho los ingresos. Para cubrir deudas, el promotor hubo de malvender sus propiedades españolas y desprenderse de acciones de las sociedades que había creado. El estallido de la segunda guerra mundial en 1914 dio el golpe de gracia a la aventura porque paralizó el comercio internacional y detuvo el flujo de crédito.

Casi en la indigencia, Blasco Ibáñez abandonó la Argentina y regresó a Paris, donde escribió la novela que le salvaría de la miseria porque se convertiría en "bestseller" mundial: Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Traducido al inglés, fue el libro más vendido en Estados Unidos en 1919, sólo superado por la Biblia. Su relato fue llevado al cine en una película producida por la Metro y protagonizada por Rodolfo Valentino. También otras novelas suyas conocieron la misma suerte, tal fue el caso de Sangre y arena, protagonizada en 1941 por Tyrone Power y Rita Hayworth. En 1920, don Vicente fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Washington.



Su experiencia de colono en América del Sur dejó eco en algunos de sus mejores cuentos. Por ejemplo, en "Las plumas del caburé"... En la región argentina de Corrientes se creía que las plumas de esta especie de búho diurno volvían invulnerable a quien las portara como amuleto. Se trata de un pájaro real de la fauna argentina y paraguaya, el Glaucidium brasilianum o caburé chico, un ave que cabe en la palma de la mano, pero que actúa como depredador feroz. Tiene dos manchas negras en la parte posterior de la cabeza como falsos ojos para confundir a sus enemigos. Se decía que el caburé atraía a otros animales con su hipnónico canto y los paralizaba con su grito estridente.

"Este grito inmenso salía de la garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban a temblar cuando oían este alarido"

Este casi invisible pájaro diminuto...

"Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre a la cabeza del adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No hay cráneo que pudiera resistir a sus perseverantes picotazos, iguales a golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán blindado de planchas duras como un navío de guerra. Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé."

El talismán de plumas del caburé hacen creer al protagonista del cuento, vuelto policía, un mestizo de nombre Morales, que es invulnerable y, de hecho, su fe le da fama de prodigioso agente de la autoridad y su arrojo enfrentando criminales le convierte en célebre, hasta que la confianza, que mata al hombre y a la mujer, y el trastorno de una borrachera le mandan a la realidad de la debilidad de la carne ante un gringo de origen escocés que a petición de Morales, que se creía inmortal, le tira dos cartuchazos de muerte...

"Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vio a Morales tendido a sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba a ser el último de sus gestos"

Puede que la fe mueva montañas, pero no salva a ningún cuerpo de la muerte. 

 

miércoles, 7 de enero de 2026

BAHARAS EN MACHERUNTE

 


Mientras nos mata, no me parece mala forma de entretener a Don Tiempo, Señor de la Vida: la de plenificarlo con curiosidades, haciendo que nuestra curiosidad insaciable busque las maravillas que nos ofrece Mamá Natura, o que aprecie los portentos del arte o que disfrute las rarezas que podemos hallar en los libros. Las hay, y muchas. El mundo es muy diverso. ¡Menos mal!, ¡qué tediosa la vida para el que no se sorprende del mismo hecho de estar vivo!, lo cual, según los sabios, exige unos ajustes maravillosos y unos azares rarísimos.

Por eso la literatura de rarezas y prodigios tuvo tanto éxito: la de los "paradoxógrafos" griegos o la de las misceláneas y bestiarios medievales. Lo que nos sorprende, e incluso nos asusta, fenómenos impresionantes, prodigios o portentos que nos asombran, nos fascinan o causan extrañeza, nos sacan de la rutina y de lo familiar, haciéndonos ver que hay otros mundos. Estos asuntos --o fantasías-- volvieron a florecer en los escritos de nuestros humanistas del Renacimiento, en los libros de Pero Mejía o de Antonio de Torquemada, que nada tiene que ver con el famoso inquisidor y es autor al que critica Cervantes en su Don Quijote

Este Torquemada que aquí citamos publica en Salamanca su Jardín de flores curiosas (1570), donde combina humanidades filosóficas y apuntes geográficos e históricos "con otras cosas curiosas y apacibles". Uno de los personajes de sus diálogos afirma que...

"pocas veces o ninguna un hombre que sea curioso puede ser juntamente necio, porque son dos cosas que con dificultad se compadecen"

Curiosidad y Necedad no son compatibles. Por eso hacen bien los maestros en incentivar la curiosidad de sus pupilos, su interés por lo extraordinario. De verdad, toda persona sabia acepta que haya otra que sepa más y sólo el idiota no quiere ni puede creer que pueda engañarse, estando el normópata dominante de hoy como está, casi siempre engañado por la Internacional publicitaria o por el Relato político y sus consignas sectarias.

Antioco Estratego, en su De Captivitate Hierosolymorum, cuenta en el siglo VII de nuestra era la caída de Jerusalén en manos de los persas bajo el gobierno de Cosroes en el 614 d.C. Miles de cristianos fueron masacrados. Los sasánidas se llevaron el fragmento de la cruz de Cristo como botín a Ptesifonte. Las iglesias de Jerusalén y el Santo sepulcro fueron destruidos. El título "De captivitate" (De cautividad) refiere a los supervivientes que fueron esclavizados, incluido el patriarca Zacarías. Antíoco interpreta el desastre como castigo divino por los pecados cometidos por los cristianos de Jerusalén.

Torquemada, que recuerda este episodio histórico, parece confundir al autor de esta obra (De captivitate), la cual atribuye a un tal Josefo. Lo hace para describir un Valle próximo a Judea llamado Macherunte, rico en fuentes de aguas dulces, sabrosas y amargas. Por aquellos pagos, en una remota cueva hay un manantial caliente y otro frío, cuyas corrientes se mezclan en un lago templado en que recuperan la salud los enfermos que allí acuden. 

Más sorprendente y maravillosa es una hierba que sólo podemos hallar en un recóndito lugar del Macherunte al que llaman Baharas, como a la misma hierba. Tiene el color de una llama encendida o de un ascua incandescente. Resplandece de noche como la seta del olivo (Omphalotus olearius) y como ella se ve desde lejos, pero cuando te vas acercando a Baharas su resplandor desaparece y, si van a tomarla a ciegas, burla las manos de los recolectores, a no ser que la orinen mujeres "cuando estan con su costumbre", de modo que caigan a ella sus orines mezclados a los flujos del menstruo. Entonces se deja ver la hierba a quienes la quieren arrancar, pero si no se aperciben de llevar consigo raíz de Baharas atada al brazo, a la hora de haberse hecho con ella, mueren.

Resulta más seguro escavar Baharas a la redonda y cuando se ha descubierto la raíz atarla a un perro y hacer que este tire de ella, por ejemplo alejándose el dueño que lo llama; el perro pujará por seguir al amo y arrancará la raíz, aunque al instante en que lo haga caerá muerto. Pero merece la pena el sacrificio del chucho pues la hierba es supervaliosa y megaútil: sirve para sanar con ella a los endemoniados, que los sigue habiendo, y también cura de otras muchas enfermedades, tanto del cuerpo como del alma. Dicen que Salomón, rey sabio, la conoció y usó. Esto no extraña.

sábado, 20 de diciembre de 2025

LAS SALAMANQUESAS DE HILARIO

 


Hilario Carrucha Henares fue pintor imaginativo y de instantes. Como fino figurante de momentos significativos y sentidos estudió durante años los gestos altamente expresivos, musicales y caligráficos contenidos en pictogramas chinos. Cuando ya conseguía vivir de sus cuadros y creaciones digitales le asaltó, noche tras noche, una pesadilla redundante, recalcitrante, de esas que se repiten como cena tardía y demasiado copiosa. No sabemos por qué, sin ninguna explicación posible ni plausible, soñaba con una pared manchada o mal encalada por la que discurrían salamanquesas a la caza de insectos distraídos, de falenas atraídas por la luz de una lámpara pegada a la pared. Había una puerta en ella de madera pintada en verde que parecía antigua, una puerta con dos jambas y sin llamadores. 

Todo aquello emulaba acertijo fatigoso y enigma rancio, cuya solución parecía ser la puerta que él miraba sin hacerse presente y, por consiguiente, sin poder dirigirse a ella para abrir al menos una de sus piezas, lo que le permitiría saber a donde conducía y si más allá del muro había algo inhóspito o, por el contrario, algo familiar y acogedor.

Algo y alguien dentro del sueño contaba el número de reptiles pegados a la pared. Cinco, diez, quince, trece... Las criaturas se paraban, muy quietas, como adornos inertes o verrugas de piel pétrea y luego se lanzaban a la carrera casi invisibles durante el salto, con la boca abierta sobre las presas. Las tragaban y otra vez permanecían quietas... Aquella escena se repetía en la mente mientras dormía, como un sueño lúcido, sin poderse decidir a despertar ni conseguir llamar a aquella puerta... 

El caso fue que Hilario ya no pudo pintar otra cosa. Dibujó y pintó aquella escena decenas, centenares de veces, con más o menos salamanquesas, la puerta unas veces cerrada y otras abierta, con un fondo obscuro en el que no era posible precisar figura alguna. Nadie se acercaba a aquella puerta. Pudo vender alguno de aquellos cuadros, aunque no decían gran cosa. 



Hilario estaba casado. Los esposos no tenían hijos. ¡Menos mal! La obsesión del pintor con el muro, las salamanquesas y la puerta verde, acabaron convenciendo a su esposa de que su marido no estaba en su cabales. Le sugirió una terapia de choque. Hilario no consintió. Ella --no queremos señalarla con el nombre--, muy comprensiblemente, abandonó a su esposo y solicitó el divorcio, alegando que él no le hacía caso y que no quería curarse, lo cual era incluso peor que estar enfermo. 

Hilario llenó la casa de salamanquesas figuradas. Descuidó su aspecto y su salud. Algunas sobretardes, entre dos luces, los bichos parecían moverse en el muro, correr por las paredes, penetrar el misterio de la puerta verde. Tal vez verían qué pasaba allí, el porqué de aquel sueño recurrente que ahora ya no despertaba la curiosidad de Hilario, sino que mucho peor ampliaba su angustia y ahondaba su ensimismamiento. Repasó su vida y no encontró ningún acontecimiento que explicara la iteración de aquella visión como resultado de algún estrés postraumático. Su vida había sido basante anodina, tranquila. Había sentido la pérdida temprana de la madre; menos, la del padre, que murió nonagenario, después de una larga y dolorosa enfermedad, de modo que su tránsito fue para todos y para él mismo una liberación, un alivio.

Hilario no tenía más que un hermano con el que apenas se relacionaba porque vivía en otro país, con cuatro hijos y haciendo vida aparte. Así que quedó herido y solo, abandonado de sí mismo, rodeado de salamanquesas que saltaban de un cuadro a otro. Sentía el deber acuciante y perfectamente irracional de seguir pintándolas en posiciones distintas y distancias diferentes, con la boca abierta o cerrada, boca arriba o boca abajo. Las sentía hacer un esfuerzo descomunal para escapar de la pared, del cuadro, para visitar la cocina y el dormitorio. No sentía por ellas asco ni miedo, sólo la ansiedad de no poder discernir ya cuáles eran pintadas y cuáles reales.

Hasta que una noche cambió por fin la escena y se vio a sí mismo en ella. Ahora eran dos, el que soñaba y el soñado. Por fín podría atravesar la puerta verde. Pero estaba cerrada y por más que su doble llamó nadie acudió a su llamada. Sin embargo, tres noches después la puerta estaba abierta. Su mujer le esperaba tras ella con los brazos abiertos, pero no era ella, sino su fantasma. Y pronto, aquel espectro mudó sus rasgos. Ya no eran femeninos sino masculinos, los de un señor de muchos años, de piel apergaminada y hendida en un profundo laberinto de arrugas como campo recién labrado. En aquel rostro grande brillaban dos puntos de luz en dos ojos murinos, ratoniles. De sus orejas enormes y despegadas como alas de murciélago le sobresalían sendas escobillas de cerdas hirsutas. Su expresión, no obstante, parecía apacible...

<< -- Soy una torre en ruinas --dijo el anciano con una expresión impenetrable más propia de un saurio, como lamentándose--. Hablo para oírme y saberme vivo. Te contaré, hijo, que aunque fui siempre feo y retraído, también tuve mis veinte años y  me enamoré y en mis requiebros tuve con las chicas relativo éxito. Gané mucho dinero gracias a mi constancia en los estudios de petrología y en mi destreza trabajando y montando piedras preciosas. Todavía no sé bien por qué motivo quise que cuanto gané cupiera en una mano, así que invertí mis ahorros en un diamante tremendo, un piedra que contenía boro, azul grisácea, rarísima. Una mañana caí en la imprudencia de ponerla en el alfeizar de mi ventana para que le diera el sol y brillase en toda su plenitud de singular joya labrada... Y, ay, créetelo, ¡una urraca ladrona se la llevó en el pico! No pude saber ni adonde se la llevó ni en qué lugar reposa mi patrimonio. 

>> Desde entonces me hice malhablado y me di a la bebida y al póker virtual. Compré un catalejo por ver si veía a la urraca enemiga, luego un telescopio. De la bebida y de la ruina total me salvó la pasión creciente por observar las estrellas y por mirar lo que pasaba en la calle. Creí descubrir treinta y dos cuerpos astrales que se movían conformes a las reglas del ajedrez. Desarrollé entonces una teoría según la cual la historia del universo es una partida de ajedrez que juegan los dioses. El día que uno dé jaque mate al otro se acabará el mundo... 



>> Especulaciones fantásticas a parte, comprendí lo fácil que resulta concebir lo infinito y lo divino mirando lo pequeño cotidiano y lo sideral grandísimo. Me percaté de que la gente no es feliz porque se echa al hombro una carga desproporcionada. Los veía portando gatos y perros en sus espaldas, otros andaban con serpientes enroscadas al cuerpo, o con monos excarvándoles en las cabelleras, con cajas de platos hondos, con tesoros pesadísimos y carteras repletas de papeles, con cigüeñas muertas colgadas de la cintura, con piedras de molino... Debes pintar eso, Hilario, olvídate de las salamanquesas, pinta a los humanes con sus cargas diversas. Los humanes quieren ser buenos, pero no lo consiguen; los humanes quieren a veces ser diablos, pero tampoco lo logran. Incluso el mal niega a los humanes mortales. Todos aspiran a hacer de sí una obra que les exceda en belleza o en fealdad.

>> Los hay que hacen de su fracaso una leyenda. En la obsesión de tus dragoncitos se cifra el genio trágico, tus bichos reptantes son tu Piedra de Sísifo, también él hablaba de su pesada carga con una pizca de orgullo, sin ella, ni su nombre hubiese sido recordado, sin ella sería uno más, simple ceniza, un ente anónimo sin historia. O sea, que los objetos que llevamos adosados al cuerpo son como tus salamanquesas, si por un lado pesan, por otro gratifican; lastiman, pero dan que hablar. No creas que serías más feliz si marchases sin peso y a tus anchas. 

>> Vivimos menos que la ostra de agua dulce y algo más que el búho, según cuentan quienes miden estas contingencias... Nuestra vida no dura más que un parpadeo del inhumano ojo divino. No te digo más: ¡que tu humildad brille sin luz entre fulgores, como arandela de latón en el cofre del avaro! Nunca sucumbas, Hilario, hijo mío, a los espejismos de la felicidad >>.



Hilario Carrucha Henares tomó nota. Curó de su obsesión. Comenzó a pintar humanes que llevaban en sus hombros cargas diversas. Consiguió interesar a una importante representante de artistas plásticos. Pronto expuso en las mejores galerías y vendió caros sus cuadros de imaginaciones y de instantes significativos. Sus figuras estaban contagiadas por la belleza de las caligrafías orientales, no sólo de la china, también de la árabe. Rehabilitado y con cierta fama de pintor original y artista gráfico de renombre, buscó a su ex, pero se había casado con otro. No obstante, consiguió que volviesen a ser amigos.




miércoles, 3 de diciembre de 2025

ESPÍRITUS VENTOSOS

 


No fue un viejo meón y desdentado, sino un profeta en activo, obscuro de piel pero diáfano de pensamiento, Thierno Da Costa, natural de la antigua Guinea portuguesa, quien nos contó que muchos vientos que recorren el mundo llevan dimes y diretes, murmuraciones y quejas, ayes y alaridos de parto, pero que hay un aire confundido con el abrego que viene de Occidente, y de las humedades del océano Atlántico, y roba recuerdos. 

Tú andas pensando en algo que viviste, malo o bueno, y llega esta brisa ladrona y se lleva tu remembranza, Dios sabe a dónde. Sucede que no todos estos recuerdos se pierden en la orilla del Olvido, que es donde el viento ladrón allá en los perfiles rocosos del Oriente rompe sus olas en rachas volátiles, sino que algunos recuerdos se le escurren de la corriente principal y van a parar a otros lugares y fastidian gentes. 

En efecto, viene ocurriendo que quien se cruza por casualidad con este ramal del viento descuidero recuerda de repente hechos extraños y vivencias que no han sido suyas ni de su personal pasado, pero que con facilidad atribuye a una vida anterior. A mí me pasó en un tren, cerca de Siena, que al asomarme a la ventana del pasillo creí haber descansado antes, mucho antes, bajo aquellos pinos de copa redonda de la Toscana italiana, mientras fumaba uno de aquellos cigarros puros que se tuercen como macarrones gordos y obscenos. 

Quienes chocan al azar con estos recuerdos ajenos podrá darse que enloquezcan o se conviertan de repente en otros, mejor o peor persona, porque los recuerdos pesan mucho en quienes somos. Thierno conocía aldeas montaraces especialmente afligidas por los despojos de ese viento infame y ratero. A veces trinca tantos recuerdos y tan de golpe que la víctima queda lela sin culpa y sin remedio. O, desprendida de sí misma, busca una rama fuerte y se ahorca en ella por sentirse absolutamente vaciada por dentro.

Estos aires bandidos afanan los recuerdos que uno está pensando y por eso Da Costa recomienda no pensar durante los días de mucho viento... Pero no pensar en algo es muy difícil, si no imposible --ya lo dijo el sabio de Elea--, aunque algunos creen conseguirlo desmeditando.

Nosotros tenemos otra doctrina que explica estas atrocidades. Una doctrina que tal vez no contradiga la de Thierno, porque la complementa. Y es que cuando Lucifer y los suyos pecaron de soberbia no todos los ángeles díscolos cayeron a abismos siniestros donde purgan su pena --penar es el más verdadero infierno--, ya que los menos malvados quedaron en tierra y en el aire. Gaudencio Merula y Pselio lo explican cuando distinguen seis clases de demonios diferentes, los que mueven el aire ocupan una región intermedia y son los que a veces, fuera de la natural operación de la naturaleza, mueven huracanes y tornados, vientos con mayor furia de la acostumbrada. Son espíritus que fatigan almas por su deseo intensísimo de comunicar penas, y a los que no entendemos por mucho que ellos se empeñen y nosotros los queramos comprender.

Se cuenta que en Benavides, hace muchos años, uno de esos espíritus atormentados se llevó en un torbellino violento o tolvanera recísima a un hombre malhablado, el cual, más tarde, apareció a muchos metros de donde le hubo cogido y levantado el torbellino, y allí yacía con los huesos todos molidos y muerto. Al cadáver le faltaba la lengua y el hombre había sido gran blasfemador, por lo que se creyó que el demonio del torbellino había sido enviado como verdugo de oficio y que en su obra había contado con permisión divina. Esto lo contó Antonio de Torquemada en su Jardín de flores curiosas con gran aviso y testimonio de autoridades.

¡Dios nos libre de aires salteadores y de ventoleras contumaces!

viernes, 28 de noviembre de 2025

EL SABIO ESCITA

 


FÁBULA DEL TOPO Y EL RATÓN

Dondindac el Escita construyó un magnífico cenador en su jardín. Disfrutaba con el buen tiempo tomando infusiones y pastelitos con su esposa y amigos bajo aquella linda estructura, o leyendo en fértil soledad...

Una tarde, cuando ya el sol se despedía del mundo, oyó a un topo que le decía a un ratón: "Mira esta magnífica construcción, seguro que habrá sido un topo poderoso quien la ha mandado construir y otro topo, más ingenioso que el primero, quien la ha diseñado". 

"Te equivocas --replicó el ratón--, seguramente fueron dos superratones, geniales promotor y arquitecto, los responsables de este magnífico cenador".

***

CUESTIONES BIZANTINAS Y LECCIÓN DE DONDINDAC

Esta del topo y el ratón fue fábula que contó Dondindac el Escita, cuando conversaba al pie del Cáucaso con un famoso teólogo Señor de Constantinopla, el cual pretendía humillarle, tildándolo de "bárbaro" por no poder responder a ciertas capciosas preguntas sobre el Ser Supremo, cuestiones bizantinas como estas: 

-- Si Dios puede hacer que lo que ha sido no haya sido y que un bastón no tenga dos extremos;
-- Si Dios está en un sitio determinado o fuera de todo lugar o en todo lugar; 
-- Si creía que la materia pudiera ser eterna;
-- Si Dios es corporal o espiritual.

El "bárbaro escita" contó al Logómaco lectoral y Gran Señor constantinopolitano que él se conformaba con dar gracias al Ser Supremo por los bienes que disfrutaba, guardándose bien de pedirle nada, puesto que Dios sabe mejor que nosotros lo que nos hace falta y, además, se expondría a rogar por que hiciese buen tiempo cuando el vecino pedía lluvias... 

Dondindac pensaba que Dios le había dado la noción de la justicia, y con eso le bastaba. "¿Para qué le serviría saber si Dios es corporal o espiritual?" --se preguntaba--: "¿Sería por ello más justo, sería mejor marido, mejor padre, mejor patrón, mejor ciudadano?". 

Y añadió: "Una vez vi, uno de vuestros templos..., ¿por qué pintais a Dios con una barba grande?". 

El teólogo bizantino no supo en seguida qué contestar...

Desde que oyó la conversación del topo y el ratón, el sabio escita resolvió no disputar jamás.