En un pueblecito encajado entre colinas de huertas y cerros de matorral y bosque, una joven llamada Eleara dedicaba muchas de sus horas de vigilia a la cerámica, por eso tenía las manos perpetuamente teñidas de la arcilla roja que modelaba. Sus vasijas parecían talladas por el viento y el agua más que por extremidades humanas.
Después de un sueño en que volaba, Eleara despertó grávida a la luz del día con el impulso de esculpir, no una vasija útil, sino un recordatorio bello, una corona que, al secarse al sol, tomó un tono ambarino de ocre desgastado. Mientras la corona se endurecía, Eleara levantó su mirada al cielo, reclamada su atención por el canto inconfundible del Pájaro del Ábrego.
En el
pueblo se decía que tal criatura maravillosa sólo aparecía ante aquellos destinados a
cambiar de forma. El cuerpo de aquella ave legendaria era un torbellino de rosa
sonrojado y terracota, y sus alas extendidas en vuelo mostraban toques de púrpura
real; sus ojos, marcados con un anillo de carmín intenso, miraban directamente almas.
Urgida por el silbo intenso del Pájaro del Ábrego, el corazón
parecía querérsele salir del pecho a Eleara cuando se colocó en la cabeza la corona de
arcilla, pesada y tosca. Levantó un brazo con la mano abierta,
gesticulando no solo hacia el pájaro, sino hacia el vasto y desconocido
horizonte que se extendía más allá de su pequeño pueblo. Al hacerlo, sintió una
transformación puramente espiritual. El Pájaro del Ábrego no se posó sobre
ella, pero su presencia fue un catalizador…
Las líneas que definían el contorno de su cuerpo comenzaron
a fusionarse con el paisaje: las manchas de verde musgo y ocre polvoriento de
las colinas fluían a través de sus tejidos como energías vitales, como una corrinete eléctrica. La corona pesaba también
sobre su espalda transformándose no en plumas, sino en una especie de gasa etérea, de seda transparente. Eleara se dio cuenta de que su destino no era volar como pájaro,
sino fusionar su amor por la tierra con el espíritu de vuelo.
No fue un cambio limpio y nítido, sino la metamorfosis de cuepo en una especie de garabato dinámico de persona, testimonio lleno de pasión y
movimiento. Eleara se convirtió en Guardiana de la memoria, en Suma Sacerdotisa
de la Tierra con los ojos puestos en el Cielo, y su corona de barro se convirtió en símbolo sagrado, expresión intemporal de que el vuelo más verdadero es aquel que te
conecta, no el que te separa de tus raíces.
