| La danza de Moryana, sirvienta y nuera de Alí Babá |
¡No hay derecho! Todo el mundo conoce a Alí Babá, pero pocos han oído hablar de la fiel e inteligente Moryana (a la que también mencionan los códices Marchana y otros Morgiana). ¡No hay derecho a tamaña invisibilidad!
Es verdad que Alí Babá fue pobre y bueno (no se vaya a pensar que la gente es necesariamente buena por ser pobre). A Alí Babá la diosa Fortuna le maldijo primero y luego le bendijo porque sí, porque le dio la gana a la mudable Fortuna que fuese testigo, mientras cargaba leña en sus borricos, del Sésamo secreto de los ladrones, caverna de maravillas. ¿Quién conoce los designios del Altísimo que todo lo ve y todo lo dispone?
Fue prudente Alí Babá con su saqueo, y memorioso para recordar el ensalmo que abría las puertas de aquel chollo de bienes acumulados por sucesivos desmanes de la Banda de los cuarenta ladrones. Sin embargo, fue Moryana quien demostró extraordinarias habilidadades prácticas en aquel asunto de riquezas escondidas y señales acusativas, la esclava negra de Qasim, el rico y codicioso hermano de Alí Babá, quien por su mala memoria acabó descuartizado en cuatro partes (valga la redundancia).
La joven Moryana era una abisinia tan lista y aguda como esbelta, despierta pero de aspecto dulce y dientes pequeños, ojos azabache y perfecta en todas sus partes físicas, y fue ella (así lo contó Sherezade) quien organizó el entierro disimulado de Qasim contratando al zapatero "Mustafá" (que es como decir Rafael en árabe) para que cosiese las cuatro partes a que habían reducido sus restos mortales los malechores, evitando así sospechas en el pueblo. Ella fue quien, tras rezar la oración de la aurora y arreglarse para salir de abastos, se percató y multiplicó las señales con que dos de los ladrones habían marcado la puerta de su señor para causarle mal. Y esto fue por dos veces, y no una sola. A Moryana no se le escapaba la ocasión, ¡ninguna!
Cuando el capitán de los ladrones se hizo pasar por mercader con el afán de vengarse y matar a Alí a causa del latrocinio y mengua que este la había causado en los tesoros de la cueva (quien roba a un ladrón..., etc.), fue Moryana quien descubrió el escondite de los ladrones en los pellejos de cuero que transportaban veinte mulas. Ni corta ni perezosa y sin asustar a su señor, eliminió a treinta y ocho ladrones enemigos vertiendo aceite hirviendo en los grandes odres en que se escondían.
Por mucho que Alí Babá fuese noble y generoso, sus intenciones puras (que sólo pensaban bien de la gente) nunca hubieran bastado para triunfar sobre la malvada astucia del capitán de los cuarenta ladrones, si Moryana no hubiese bailado...
¡Cómo bailó Moryana! Como profesional, ¡con gracia inigualable! Vistió para la ocasión camisa alejandrina de seda, aljuba de regio brocado, cinturón dorado que al ceñir su talle resaltaba el ritmo y melodía de sus caderas consonantes; redecilla de perlas cubría como nívea escarcha su cabeza y adornaba su alto cuello de garza un collar de esmeraldas, jacintos y corales. Debajo aparecían sus senos, dos granadas maduras. Dijo el testigo que su belleza era la de un capullo de rosal en primavera y semejante a la del satélite en noche de plenilunio.
Alí Babá se hubiese perdido --él, su hijo y sus dos esposas-- si la valiente y rápida Moryana no hubiera clavado, en el momento justo, el puñal en el corazón del capitán de los ladrones, aprovechando el baile y su descuido, al fin de aquel memorable trance árabe.
Tras degustar el caldo de carne que Moryana le había preparado y después de conocer el pormenor de sus proezas, Alí Babá la manumitió decidiendo casarla con su hijo Muhammad. ¡No contradijo este la intención generosa de su padre!, pues hacía tiempo que anhelaba el matrimonio con la inteligente y hermosa sirvienta etíope.
Tres noches duró la algazara de las bodas de Moryana y el hijo de Alí Babá, a las que acudieron juglares principales, cantores, rapsodas y cómicos, tres días y tres noches hasta que al fin los dejaron solos y Muhammad la desfloró despacio, muy gustosamente.
Vivieron la más feliz de las vidas y dieron muchos nietos a Alí Babá y a sus dos esposas, hasta que les visitó la destructora de dulzuras, aniquiladora de palacios y constructora de tumbas.
Del lugar de la cueva, que se abría y cerraba con el otro nombre del ajonjolí, nunca más se supo. Sospechamos que sus riquezas dieron para el bienestar de varias generaciones.