![]() |
Jonás y la ballena en la antesacristía del Hospital de Santiago de Úbeda. Según Melchor Madrid Pinilla, los artistas Gabriel Rosales y Pedro de Raxis debieron de tomar como modelo la cabeza de una foca monje más que la de una ballena, animal que no habrían visto jamás. |
El
Libro de Jonás del Antiguo Testamento más que un libro
profético parece una leyenda fantástica, irónica y benevolente. Da la impresión
de que faltan partes. Los saltos son abruptos, como si se tratara del resumen
de un relato mayor y más antiguo. Los eruditos sitúan la composición de esta
obra hacia los siglos VI o V a. C., pero añaden que el “héroe” del libro debió
vivir en el VIII a. C. Cuenta la historia de un profeta desobediente. El pobre
Jonás no quiere cargar con el encarguito que le hace el Todopoderoso: convertir
a los de Nínive, antigua capital de Asiria en la orilla este del río Tígris, y
huye de su misión profética a Tarsis. Jonás no quiere ser profeta ni
arrastrado, ni cobrando por ello. Pero acontece que Yahveh sí quiere y nada escapa al poder y la
ira de Yahveh, nada puede sustraerse a su voluntad impunemente...
Mientras un gran viento se
desencadena sobre el mar y los marineros, gentiles, invocan cada uno a su Dios,
resulta que Jonás está roncando en la panza de la nave, sobando en el fondo del
barco. Esto molesta a los devotos paganos, pasmados ante semejante indiferencia.
El mismo Jonás, con indiferencia de nihilista, les propone que le tiren por la borda. Está claro que está
gafado por no tener vocación de profeta o por no asumir la "vocación"
que se le impone. Aquellos gentiles, aunque no creían en Yahveh, eran buena
gente; no querían verter sangre inocente, pero, incapaces de ganar la costa, y
convencidos de la culpa del prófugo, acaban tirando a Jonás al mar.
Inmediatamente, las olas calmaron su furia.
Fue entonces cuando Dios dispuso
que un gran pez se tragase a Jonás. En el vientre del monstruo, como el
carpintero Gepetto, pasó Jonás tres días y tres noches. El vientre de la ballena
-dicen los exégetas- representa el Reino de la muerte. Pero ni la muerte quiere
a Jonás y el pez le vomita en tierra.
Profeta a la fuerza, marcha por
fin a Nínive, una ciudad tan grande que hacían falta tres días -precisamente
tres- para recorrerla. Allí convierte a los paisanos amenazándoles con el fin
del mundo en cuarenta días. A todo esto, el Dios de Jonás es tan pintoresco e
inconstante como su profeta, pues, vistas las sinceras pruebas de
arrepentimiento de los ninivitas, Él mismo se arrepiente de haberse propuesto
la destrucción de la ciudad. "Y no lo hizo". Lo cual enoja a Jonás
sobremanera, enfado este que deja al lector -o por lo menos a mí me deja-
estupefacto. ¿Por qué se disgustó tanto Jonás por que Dios perdonase la vida a los ninivitas? Pues tal vez porque
había predicho que Nínive sería destruida en cuarenta días y ahora su Dios le
iba a dejar, como adivino, a la altura de unas zapatillas rusas (de después de
la perestroika) y como profeta, totalmente desacreditado. "¡Vaya un
pedagogo -pensaría tal vez Jonás- que amenaza con un castigo que luego no
cumple!".
Parece ser que Jonás ya sabía que
Yahveh es más misericordioso que colérico, más clemente que vengativo, y que
por eso -según dice- se apresuró en huir a Tarsis. Ahora, cuando le suplica a
Dios mismo que le dé la muerte, Yahveh le llama al orden, le anima a que no pierda
la calma: "¿Te parece bien irritarte?". Pues sí, Jonás estaba más
cabreado que su colega, el profeta Jeremías. Sale de la ciudad, se hace una
cabaña y se sienta a ver qué hace Dios con la dichosa o maldita ciudad.
Los prodigios de Yahveh se
precipitan... Hace crecer una planta de ricino por encima de Jonás "para
dar sombra a su cabeza y librarle así de su mal". Una terapia de choque,
diríamos hoy; contra la mala leche, ricino que te crio. Pero los designios de Dios
son inescrutables o surrealistas. No extrañe que el ricino, higuera infernal,
simbolice el aspecto ininteligible de la existencia.
Ahora que Jonás se ha
puesto contento a la sombrica del ricino y ahora que se le ha pasado el
disgusto por no poder darse el gusto de ver a la ninivitas ardiendo y
churrascados y renegando de sus falsos ídolos, "al rallar el alba, Yahveh
mandó a un gusano, y el gusano picó al ricino, que se secó". ¿Será ese gusanillo
el mismo que dicen matar algunos paisanos míos con copas de aguardiente desde
que amanece?... El caso fue que no contento con dejar a su profeta sin sombra,
manda Dios un viento solano que hiere la cabeza de Jonás provocándole un
desvanecimiento. Donde dije destruyo ahora digo construyo o donde dije digo,
ahora digo Diego…
Así que harto de los caprichos y fastidiado por las jugarretas
del Altísimo, a Jonás le entró la depre y deseó otra vez la muerte.
Y Yahveh dijo:
«Tú tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche feneció. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?»
Obsérvese como las divinas
palabras rezuman dulce y benévola ironía. La piadosa solicitud de Dios no sólo se
extiende a los animales, sino también a los idiotas. La parábola presupone la
misericordia universal de Dios respecto a toda la humanidad: gentiles y judíos por
igual. Es por tanto un tratado que rechaza el nacionalismo estrecho. El “signo
de Jonás” será en el evangelio de Mateo (12,38-42) emblema del arrepentimiento sincero.