lunes, 13 de marzo de 2023

DIAÑO BURLÓN

 


A mitad de camino entre duende y fauno, existen los diablillos burlones. Viven a su aire y normalmente no se mezclan con humanos, pero a veces cuando se aburren buscan el contacto de bípedos implumes por razones bien alimentarias, bien lúdicas o hedonistas. Suelen mostrarse más malignos que los trasgos en la ejecución de picardías y divertimentos.

El más conocido en el norte de Iberia es el Diaño. Muy probablemente su nombre derive del masculino de Diana, hembra divina indócil, gran cazadora amiga de soledades húmedas y claros de bosque. El Diaño tiende a enanuco y feo. Tiene mucho carácter y observa de lejos las tonterías que decimos y hacemos, eso cuando puede. Entonces cabe que nos gaste alguna broma si se tercia la ocasión. Su burla no suele tener consecuencias nefastas, salvo entre caracteres pusilánimes.

Se lo ha visto en casas de juego, cruces de caminos, altozanos de senderos rurales; en apeaderos de autovías, en claustros ruinosos y en jardines descuidados. Antiguamente era frecuente que cambiara algún renglón del Breviario cuando el cura lo leía en la iglesia. Lo hace para satisfacer su gustillo irrefrenable de irreverencia, escandalizar a los fieles y erizar el vello de las beatas, como "santificado sea su hombro" o "ahora y en la joda de nuestra muerte"... Comportamiento infantil este, que ni siquiera merece consideración de blasfemo. 

Diaño es bromista y disfruta riéndose de la ingenua buena voluntad de la gente sencilla. Apena explora ciudades ni pueblos de muchos vecinos, prefiere campos, aldeas y caseríos. La simple alusión sincera al nombre de Jesús o de María lo pone en fuga. En Asturias lo espantan en bable con una coplilla que adapto aquí al castellano:

Torpe Diaño / de ti reniego / mal año te den / los hielos de Enero. / La cruz te hago, / ¡come mierda, rascacueros, / y caca de gato negro!

Al Diaño burlón le ha visto mucha gente en tierras de meigas: en Galicia, León y Asturias. Los del Bierzo confunden diaños y trasgos de forma sistemática. El Diaño, al contrario que el trasgo, es actor consumado y maestro del esperpento. A un diablillo burlón jamás se le ocurrirá hormonarse ni acudir al Dispensario de prótesis sexuales. No lo necesita. Su autoestima no decae, su vanidad está siempre por las nubes, ni siquiera cuando se siente solo y distinto. 

Cree que ha sido creado con un cuerpo perfecto, pues cuenta con un poder innato para el transformismo integral y la metamorfosis especial. Aparece de repente como holograma de múltiples animales, aunque prefiere el gallo, el sapo, la tijereta, el avispón, el choto y el poni.

En San Miguel del Río, en el antiguo camino real de León a Asturias, se recuerda que una moza garrida encontró en un erial a un gallo que parecía desnutrido y alicaído. A la buena samaritana le dio pena el bicho y lo llevó con mimo a su humilde hogar. Encendió lumbre para calentarlo, lo alimentó con granos de maíz y lo dejó en un canasto junto a su lecho. 

Cuando la moza fue a acostarse, se desnudó y rezó un Ave María. Entonces el Diaño saltó en una pirueta y canturreó:

Ijujú, que te comí la merienda;
ijujú, que te la comí
ijujú, que te vi las tetas;
ijujú, que te las vi.

Y repitiendo su "ijujují" partió volando por la chimenea con espanto de la noble doncella, que quedó frustrada y confundida. 

Dicen también que un zagal socorrió a un diaño transformado en cabrito que simulaba lesión de pata y lucía ojazos de pena, que el joven se lo echó al hombro camino de casa y que el diablillo se le orinó encima y puso pies en polvorosa riéndose de la buena voluntad del payo.

Nada puede ser perfectamente bueno en este mundo salvo una buena voluntad con recta intención. Y sin duda es diabólico reírse de ella como hace Diaño. Hay que mirar bien a quien socorre una, no vaya a ser diaño transfigurado el falso doliente que busque reírse o burlarse de nuestra noble intención. Su acción tendrá además el efecto perverso de volvernos maliciosos, desconfiados e impasibles ante el dolor ajeno.