jueves, 22 de enero de 2026

EL PORQUÉ DE SU GUADAÑA

Ilustración creada ex profeso para este relato por IA Gemini


 No fue un sueño, sino un experiencia límite, un encuentro crucial, el que Kerinto Hugote vivió en aquella ocasión tan especial en la que no sabia si tirar para delante o echar para atrás, en aquel túnel encenagado, con el barro hasta las ingles, moviendo con dificultad la bicicleta con la que se había metido temerariamente en un agujero obscuro e interminable. La visión de la Dama Ruda, de la Dura Señora, fue tan nítida como la de una hoja muerta o la de un matorral espinoso, precedida de un vértigo parecido a los que mucho antes había sentido en varias primaveras de su tierna adolescencia. No venía a por él la Dama, sino a conversar con él. Cosa rara.

Kerinto podría presumir de valiente. No se aterrorizó ante la presencia de la Señora; más bien se sintió importante por haber sido en aquel suceso portentoso confidente de la Muerte personificada, la Parca figurada en proposopeya intensiva, durante uno de sus escasísimos ocios. Sin embargo, no quería arriesgarse a que le tomaran por loco, por crédulo, por majareta, como esos insensatos que toman sus delirios por apariciones verdaderas y sus miedos imaginarios por espectros vivientes. Además, hablar de Muerte es de pésimo gusto; tratar con ella, indecoroso; por eso la aislamos en jaulas de cristal cuando acaece lo inevitable al abuelito o a la madrecita. Ella es lo que sucede a la vida, su acabose, su fiel compañera o tesorera, pero la memoria de esa Dama cruel desazona a cualquiera.

En la penumbra húmeda de aquel túnel interminable, pasadizo subterráneo construido hacía más de un siglo para un tren improbable, en aquella galería surreal la Muerte le explicó a Kerinto Hugote por qué había cambiado su antiguo arco de madera de ciprés por una guadaña de acero esterilizada. En aquella situación tan comprometida, tras gran esfuerzo luchando con el cieno del antro, y tras ligero desvanecimiento en el aire corrompido de aquella gruta artificial, habló la Muerte a Kerinto y él recuerda fielmente lo que la Muerte le contó:

<< Vine a la Tierra comisionada por el Benigno y con visado del Maligno. La Serpiente me introdujo en el planeta para dar significado a las realidades sensibles a las que Adán había puesto nombres y el Diablo música, para que danzasen. Has de creer, amigo, que sustituyo a una compañera que, tras diez siglos de faena aniquiladora, muy fatigada por los genocidios del siglo XX, vuela disfrutando de una bien ganada jubilación en una remota Galaxia para clases pasivas de la Ogdoada o Región intermedia. En realidad, todas las muertes somos la misma Muerte, pero eso tú ahora no puedes comprenderlo ni lo entenderás jamás...

>> Lo que sí sabrás es que la primera a la que llamaron "Muerte" a fin de que ejerciese nuestro oficio vino al mundo nada más comenzar la vida como su imprescindible complemento... Pues bien, a falta de experiencia y sin haber cursado el Máster de tránsitos y acabamientos, pues hice sólo un Cursillo acelerado y virtual de óbitos imprevistos y decesos fatales, esta servidora no sabía muy bien cómo proceder matando, si aniquilaría primero al pobre o al rico, si antes tumbaría a la tonta que a la lista, si a la anciana o al jovencito, si al poderoso o al desocupado, si al ama de casa o a la subsecretaria de transportes... Ten en cuenta que, aunque me pintáis toda huesos y con órbitas oculares vanas, ¡a una no le falta corazón!..., quiero decir que también afecto atenciones y buenos sentimientos respecto de lo humano, tan frágil, y yo quería cumplir lo mejor posible con la faena imprescindible que me había sido encomendada como Muerte interina de este Valle de lágrimas. 

>> Fue el caso que decidí estrenar mis poderes de protonumeraria apuntando la letal flecha de mi magnífico arco contra un mozo de esos que se creen inmortales y montan ruidos, un joven sano y hermoso como brazo de mar, uno de los que se burlan del destino, más firme que roble, sobresaliente galán..., así que le derramé gran mancha de aceite en una curva, su moto resbaló, él saltó por los aires y un quitamiedos le seccionó una arteria. No sufrió mucho porque se desangró enseguida... Pues, enseguida, ¿qué crees que dijeron? ¡no puedes imaginarte, Kerinto, amigo, lo que parlaron de mí! Las gentes me llamaron de todo, de todo lo malo que se puede murmurar contrra una perfecta desconocida, que si soy bárbara, que si salvaje, que si traicionera, que había venido a maltratar a lo más lindo que principiaba a vivir, "¡qué esperanza había cortado!, ¡qué belleza había malogrado!". Amigos del finado, padres, admiradoras y lameculos..., ¡todos contra mí afeándome el disparo! A mí me parecía que un lechuguino joven y sin familia propia no haría tanta falta como una madre de familia o un varón hecho y derecho con hijos a medio criar...

>> Viendo lo mal que había quedado, a continuación encaré el arco para lanzar mi dardo envenenado contra un viejo centenario. Esperaba que ahora sí me agradecerían la iniciativa pues les libraba de gruñidos, quejas y cuidados, cargándome a aquel saco de achaques, a aquel crisol de medicamentos. Pensaba yo que si la muerte es naufragio para un joven, es  puerto amigo para un anciano atormentado por toses, dolores de huesos y malas digestiones... Por eso le mandé una neumonía que lo fulminó en venticuatro horas... Esperaba yo cierta consideración y reconocimiento, pero ¡ca!, por lo visto ese matusalén amojamado resultaba todavía esencial para la república, consejero eminente, ejemplo de sensatez y modelo de excelencias cívicas...

>> Nadie estaba contento con lo que yo hacía, pero tenía que cumplir con mi oficio y esta vez decidí fulminar a una joven revoltosa con la cabeza llena de pájaros, muy hermosa y amiga de la cirugía estética, que tenía amargados a los padres y revuelto al pueblo, porque volvía locos a los mocicos provocando mil disputas y algunas cuchilladas. Aun pensaba yo que, cómo por reina de la belleza se tenía, más que la madrastra de Blancanieves, llevándomela pronto le evitaría deprimirse viéndose fea y vieja... ¡Ni así acerté! Igual me recriminaron por llevármela, reprochándome que para una guapa que tenían... que más valía que hubiera pensado en privarlos de gibosas y contrahechas. Entonces, por hacerle caso a tanto villano, maté a un adefesio, pero no tardaron en criticarme y me acusaron (como a Sócrates) del delito de impiedad: "¡No bastaba con el agravio que le había hecho Naturaleza a la pobre pariéndola fea, encima tenía que venir yo a privar a sus padres de lo mejor que tenían, pues aunque feúcha y desangelada de rostro, era la mejor de sus hijas por discreta y bien ordenada, alma bella, muy apta para el gobierno de cualquier casa, mientras sus hermanas perdían el tiempo entre espejos, cosméticos, despachos esteticistas, peluquerías y gimnasios de fitness...

>> Maté luego a un pobre, luego a un rico..., y no gustó ni lo uno ni lo otro. Si al pobre, porque le quedaban esperanzas; si al rico, porque pagaba impuestos. Harta de habladurías y descalificaciones, me decidí a consultar a los que pretendía matar, antes de ejecutarlos para que ellos mismos, los que iban a morir, escogiesen, dentro de ciertos márgenes, modo, lugar y tiempo... Pero nadie encontraba ocasión para cubrir el expediente, que "ahora no puedo", que si "no he testado todavía", que si "todavía tengo que colocar a los nenes"... A ninguno le venía bien concertarse conmigo, no había viejo ni vieja que no creyesen que podrían vivir o malvivir un año más, y mejorando de salud... Bien es verdad que algunos, desesperados, requerían mis servicios, pero muchas veces me encontré con que no conjuraban mi atención para ellos mismos, sino para que acabara con la suegra enredadora, abortara al no nacido, ahogara al marido infiel o degollara a la cuñada impertinente..., para que acabara, en fin, con otros, con los estorbos o con el abuelo avaro y millonario (para heredarlo enseguida)... ¡Como si una hubiese sido empleada de sicario!

>> Afligida por tanta infamias y cansada de innobles equívocos, fue entonces cuando cambié el arco y las flechas por una hermosa guadaña. Cerré los ojos, apreté los puños y comencé a segar a tajo parejo con la nueva herramienta, me daba igual dar con verde que con hueso, lo mismo me daba descabezar rosales que cardos borriqueros, lo mismo pelar sabios que necios. "¡A ver si por fin, ahora, no os quejáis, humanos, más que humanos!", me decía contenta, mientras tajaba, tronchaba y truncaba.

>> Y con este modo de proceder me he quedado tan pancha, flaca y desnuda, vale, pero eficaz y armada con potente arma muy inclusiva, pues no discrimina ni por raza ni por género ni por edad, religión u oficio. >>

Kerinto Hugote salió, tirando de la bici, casi arrastrándose y tras largo esfuerzo, de aquel túnel en el que arriesgó la vida y la iluminó extrañamente... Cuentan que volvió a casa transformado por aquella visión. Prudente, no dijo nada, pero jamás olvidó lo que la Dama Ruda le había confesado. Atesoró hasta nuevo encuentro decisivo el secreto que le había regalado la Señora: el porqué de su guadaña.



viernes, 16 de enero de 2026

BLASCO IBÁÑEZ Y EL CABURÉ

 

Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928)

Desencantado de la política activa e impulsado por su espíritu aventurero, don Vicente Blasco Ibáñez se embarcó para la Argentina. Allí alterna sus oficios de conferenciante y escritor con el trabajo y las peripecias del valeroso pionero, del arriesgado colono en unos territorios inhóspitos del Amazonas, entre 1904 y 1914, en regiones de paisajes extraños y climas diferentes... La colonia "Cervantes" se ubicó en el alto valle del Río Negro, en la Patagonia septentrional, tras recibir tierras desérticas del gobierno argentino que el escritor pretendía convertir mediante irrigación en zonas productivas. El asentamiento prosperó y hoy conserva como localidad el nombre del autor del Quijote.

En la provincia de Corrientes, cerca de la orilla del río Paraná, el emprendedor Blasco Ibáñez introdujo el cultivo del arroz en el actual municipio de Riachuela, aplicando técnicas que conocía de su Valencia natal. Aunque la costumbre ha perdurado con provecho en aquellos lares, la aventura del escritor resultó agridulce, un sueño quijotesco que no llegó a cuajar. Dejó venturosa huella, pero en aquel entonces fracasó económicamente debido a problemas financieros y a las costosas inversiones en maquinaria, infraestructuras, viviendas..., gastos que superaron con mucho los ingresos. Para cubrir deudas, el promotor hubo de malvender sus propiedades españolas y desprenderse de acciones de las sociedades que había creado. El estallido de la segunda guerra mundial en 1914 dio el golpe de gracia a la aventura porque paralizó el comercio internacional y detuvo el flujo de crédito.

Casi en la indigencia, Blasco Ibáñez abandonó la Argentina y regresó a Paris, donde escribió la novela que le salvaría de la miseria porque se convertiría en "bestseller" mundial: Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Traducido al inglés, fue el libro más vendido en Estados Unidos en 1919, sólo superado por la Biblia. Su relato fue llevado al cine en una película producida por la Metro y protagonizada por Rodolfo Valentino. También otras novelas suyas conocieron la misma suerte, tal fue el caso de Sangre y arena, protagonizada en 1941 por Tyrone Power y Rita Hayworth. En 1920, don Vicente fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Washington.



Su experiencia de colono en América del Sur dejó eco en algunos de sus mejores cuentos. Por ejemplo, en "Las plumas del caburé"... En la región argentina de Corrientes se creía que las plumas de esta especie de búho diurno volvían invulnerable a quien las portara como amuleto. Se trata de un pájaro real de la fauna argentina y paraguaya, el Glaucidium brasilianum o caburé chico, un ave que cabe en la palma de la mano, pero que actúa como depredador feroz. Tiene dos manchas negras en la parte posterior de la cabeza como falsos ojos para confundir a sus enemigos. Se decía que el caburé atraía a otros animales con su hipnónico canto y los paralizaba con su grito estridente.

"Este grito inmenso salía de la garganta de un pájaro poco más grande que el puño, una especie de mochuelo del tamaño de un pichón de cría. Todas las bestias, las que vuelan, las que corren y las que se arrastran, se echaban a temblar cuando oían este alarido"

Este casi invisible pájaro diminuto...

"Tenía por armas su pico, un terrible pico fuerte como el acero mejor templado, y una infernal mala intención. Allí donde clavaba su arma abría orificio, y el golpe iba dirigido siempre a la cabeza del adversario, devorando inmediatamente su cerebro al descubierto. No hay cráneo que pudiera resistir a sus perseverantes picotazos, iguales a golpes de barreno. Atacaba al toro, al tigre, al caimán blindado de planchas duras como un navío de guerra. Este volátil pequeño y de malicia diabólica era el caburé."

El talismán de plumas del caburé hacen creer al protagonista del cuento, vuelto policía, un mestizo de nombre Morales, que es invulnerable y, de hecho, su fe le da fama de prodigioso agente de la autoridad y su arrojo enfrentando criminales le convierte en célebre, hasta que la confianza, que mata al hombre y a la mujer, y el trastorno de una borrachera le mandan a la realidad de la debilidad de la carne ante un gringo de origen escocés que a petición de Morales, que se creía inmortal, le tira dos cartuchazos de muerte...

"Al disolverse el humo y extinguirse el doble trueno, vio a Morales tendido a sus pies. Tenía los brazos abiertos, el pecho destrozado y una sonrisa helada, de soberbia confianza, de fe inconmovible, que iba a ser el último de sus gestos"

Puede que la fe mueva montañas, pero no salva a ningún cuerpo de la muerte. 

 

miércoles, 7 de enero de 2026

BAHARAS EN MACHERUNTE

 


Mientras nos mata, no me parece mala forma de entretener a Don Tiempo, Señor de la Vida: la de plenificarlo con curiosidades, haciendo que nuestra curiosidad insaciable busque las maravillas que nos ofrece Mamá Natura, o que aprecie los portentos del arte o que disfrute las rarezas que podemos hallar en los libros. Las hay, y muchas. El mundo es muy diverso. ¡Menos mal!, ¡qué tediosa la vida para el que no se sorprende del mismo hecho de estar vivo!, lo cual, según los sabios, exige unos ajustes maravillosos y unos azares rarísimos.

Por eso la literatura de rarezas y prodigios tuvo tanto éxito: la de los "paradoxógrafos" griegos o la de las misceláneas y bestiarios medievales. Lo que nos sorprende, e incluso nos asusta, fenómenos impresionantes, prodigios o portentos que nos asombran, nos fascinan o causan extrañeza, nos sacan de la rutina y de lo familiar, haciéndonos ver que hay otros mundos. Estos asuntos --o fantasías-- volvieron a florecer en los escritos de nuestros humanistas del Renacimiento, en los libros de Pero Mejía o de Antonio de Torquemada, que nada tiene que ver con el famoso inquisidor y es autor al que critica Cervantes en su Don Quijote

Este Torquemada que aquí citamos publica en Salamanca su Jardín de flores curiosas (1570), donde combina humanidades filosóficas y apuntes geográficos e históricos "con otras cosas curiosas y apacibles". Uno de los personajes de sus diálogos afirma que...

"pocas veces o ninguna un hombre que sea curioso puede ser juntamente necio, porque son dos cosas que con dificultad se compadecen"

Curiosidad y Necedad no son compatibles. Por eso hacen bien los maestros en incentivar la curiosidad de sus pupilos, su interés por lo extraordinario. De verdad, toda persona sabia acepta que haya otra que sepa más y sólo el idiota no quiere ni puede creer que pueda engañarse, estando el normópata dominante de hoy como está, casi siempre engañado por la Internacional publicitaria o por el Relato político y sus consignas sectarias.

Antioco Estratego, en su De Captivitate Hierosolymorum, cuenta en el siglo VII de nuestra era la caída de Jerusalén en manos de los persas bajo el gobierno de Cosroes en el 614 d.C. Miles de cristianos fueron masacrados. Los sasánidas se llevaron el fragmento de la cruz de Cristo como botín a Ptesifonte. Las iglesias de Jerusalén y el Santo sepulcro fueron destruidos. El título "De captivitate" (De cautividad) refiere a los supervivientes que fueron esclavizados, incluido el patriarca Zacarías. Antíoco interpreta el desastre como castigo divino por los pecados cometidos por los cristianos de Jerusalén.

Torquemada, que recuerda este episodio histórico, parece confundir al autor de esta obra (De captivitate), la cual atribuye a un tal Josefo. Lo hace para describir un Valle próximo a Judea llamado Macherunte, rico en fuentes de aguas dulces, sabrosas y amargas. Por aquellos pagos, en una remota cueva hay un manantial caliente y otro frío, cuyas corrientes se mezclan en un lago templado en que recuperan la salud los enfermos que allí acuden. 

Más sorprendente y maravillosa es una hierba que sólo podemos hallar en un recóndito lugar del Macherunte al que llaman Baharas, como a la misma hierba. Tiene el color de una llama encendida o de un ascua incandescente. Resplandece de noche como la seta del olivo (Omphalotus olearius) y como ella se ve desde lejos, pero cuando te vas acercando a Baharas su resplandor desaparece y, si van a tomarla a ciegas, burla las manos de los recolectores, a no ser que la orinen mujeres "cuando estan con su costumbre", de modo que caigan a ella sus orines mezclados a los flujos del menstruo. Entonces se deja ver la hierba a quienes la quieren arrancar, pero si no se aperciben de llevar consigo raíz de Baharas atada al brazo, a la hora de haberse hecho con ella, mueren.

Resulta más seguro escavar Baharas a la redonda y cuando se ha descubierto la raíz atarla a un perro y hacer que este tire de ella, por ejemplo alejándose el dueño que lo llama; el perro pujará por seguir al amo y arrancará la raíz, aunque al instante en que lo haga caerá muerto. Pero merece la pena el sacrificio del chucho pues la hierba es supervaliosa y megaútil: sirve para sanar con ella a los endemoniados, que los sigue habiendo, y también cura de otras muchas enfermedades, tanto del cuerpo como del alma. Dicen que Salomón, rey sabio, la conoció y usó. Esto no extraña.