miércoles, 7 de enero de 2026

BAHARAS EN MACHERUNTE

 


Mientras nos mata, no me parece mala forma de entretener a Don Tiempo, Señor de la Vida: la de plenificarlo con curiosidades, haciendo que nuestra curiosidad insaciable busque las maravillas que nos ofrece Mamá Natura, o que aprecie los portentos del arte o que disfrute las rarezas que podemos hallar en los libros. Las hay, y muchas. El mundo es muy diverso. ¡Menos mal!, ¡qué tediosa la vida para el que no se sorprende del mismo hecho de estar vivo!, lo cual, según los sabios, exige unos ajustes maravillosos y unos azares rarísimos.

Por eso la literatura de rarezas y prodigios tuvo tanto éxito: la de los "paradoxógrafos" griegos o la de las misceláneas y bestiarios medievales. Lo que nos sorprende, e incluso nos asusta, fenómenos impresionantes, prodigios o portentos que nos asombran, nos fascinan o causan extrañeza, nos sacan de la rutina y de lo familiar, haciéndonos ver que hay otros mundos. Estos asuntos --o fantasías-- volvieron a florecer en los escritos de nuestros humanistas del Renacimiento, en los libros de Pero Mejía o de Antonio de Torquemada, que nada tiene que ver con el famoso inquisidor y es autor al que critica Cervantes en su Don Quijote

Este Torquemada que aquí citamos publica en Salamanca su Jardín de flores curiosas (1570), donde combina humanidades filosóficas y apuntes geográficos e históricos "con otras cosas curiosas y apacibles". Uno de los personajes de sus diálogos afirma que...

"pocas veces o ninguna un hombre que sea curioso puede ser juntamente necio, porque son dos cosas que con dificultad se compadecen"

Curiosidad y Necedad no son compatibles. Por eso hacen bien los maestros en incentivar la curiosidad de sus pupilos, su interés por lo extraordinario. De verdad, toda persona sabia acepta que haya otra que sepa más y sólo el idiota no quiere ni puede creer que pueda engañarse, estando el normópata dominante de hoy como está, casi siempre engañado por la Internacional publicitaria o por el Relato político y sus consignas sectarias.

Antioco Estratego, en su De Captivitate Hierosolymorum, cuenta en el siglo VII de nuestra era la caída de Jerusalén en manos de los persas bajo el gobierno de Cosroes en el 614 d.C. Miles de cristianos fueron masacrados. Los sasánidas se llevaron el fragmento de la cruz de Cristo como botín a Ptesifonte. Las iglesias de Jerusalén y el Santo sepulcro fueron destruidos. El título "De captivitate" (De cautividad) refiere a los supervivientes que fueron esclavizados, incluido el patriarca Zacarías. Antíoco interpreta el desastre como castigo divino por los pecados cometidos por los cristianos de Jerusalén.

Torquemada, que recuerda este episodio histórico, parece confundir al autor de esta obra (De captivitate), la cual atribuye a un tal Josefo. Lo hace para describir un Valle próximo a Judea llamado Macherunte, rico en fuentes de aguas dulces, sabrosas y amargas. Por aquellos pagos, en una remota cueva hay un manantial caliente y otro frío, cuyas corrientes se mezclan en un lago templado en que recuperan la salud los enfermos que allí acuden. 

Más sorprendente y maravillosa es una hierba que sólo podemos hallar en un recóndito lugar del Macherunte al que llaman Baharas, como a la misma hierba. Tiene el color de una llama encendida o de un ascua incandescente. Resplandece de noche como la seta del olivo (Omphalotus olearius) y como ella se ve desde lejos, pero cuando te vas acercando a Baharas su resplandor desaparece y, si van a tomarla a ciegas, burla las manos de los recolectores, a no ser que la orinen mujeres "cuando estan con su costumbre", de modo que caigan a ella sus orines mezclados a los flujos del menstruo. Entonces se deja ver la hierba a quienes la quieren arrancar, pero si no se aperciben de llevar consigo raíz de Baharas atada al brazo, a la hora de haberse hecho con ella, mueren.

Resulta más seguro escavar Baharas a la redonda y cuando se ha descubierto la raíz atarla a un perro y hacer que este tire de ella, por ejemplo alejándose el dueño que lo llama; el perro pujará por seguir al amo y arrancará la raíz, aunque al instante en que lo haga caerá muerto. Pero merece la pena el sacrificio del chucho pues la hierba es supervaliosa y megaútil: sirve para sanar con ella a los endemoniados, que los sigue habiendo, y también cura de otras muchas enfermedades, tanto del cuerpo como del alma. Dicen que Salomón, rey sabio, la conoció y usó. Esto no extraña.