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| Ilustración creada ex profeso para este relato por IA Gemini |
No fue un sueño, sino un experiencia límite, un encuentro crucial, el que Kerinto Hugote vivió en aquella ocasión tan especial en la que no sabia si tirar para delante o echar para atrás, en aquel túnel encenagado, con el barro hasta las ingles, moviendo con dificultad la bicicleta con la que se había metido temerariamente en un agujero obscuro e interminable. La visión de la Dama Ruda, de la Dura Señora, fue tan nítida como la de una hoja muerta o la de un matorral espinoso, precedida de un vértigo parecido a los que mucho antes había sentido en varias primaveras de su tierna adolescencia. No venía a por él la Dama, sino a conversar con él. Cosa rara.
Kerinto podría presumir de valiente. No se aterrorizó ante la presencia de la Señora; más bien se sintió importante por haber sido en aquel suceso portentoso confidente de la Muerte personificada, la Parca figurada en proposopeya intensiva, durante uno de sus escasísimos ocios. Sin embargo, no quería arriesgarse a que le tomaran por loco, por crédulo, por majareta, como esos insensatos que toman sus delirios por apariciones verdaderas y sus miedos imaginarios por espectros vivientes. Además, hablar de Muerte es de pésimo gusto; tratar con ella, indecoroso; por eso la aislamos en jaulas de cristal cuando acaece lo inevitable al abuelito o a la madrecita. Ella es lo que sucede a la vida, su acabose, su fiel compañera o tesorera, pero la memoria de esa Dama cruel desazona a cualquiera.
En la penumbra húmeda de aquel túnel interminable, pasadizo subterráneo construido hacía más de un siglo para un tren improbable, en aquella galería surreal la Muerte le explicó a Kerinto Hugote por qué había cambiado su antiguo arco de madera de ciprés por una guadaña de acero esterilizada. En aquella situación tan comprometida, tras gran esfuerzo luchando con el cieno del antro, y tras ligero desvanecimiento en el aire corrompido de aquella gruta artificial, habló la Muerte a Kerinto y él recuerda fielmente lo que la Muerte le contó:
<< Vine a la Tierra comisionada por el Benigno y con visado del Maligno. La Serpiente me introdujo en el planeta para dar significado a las realidades sensibles a las que Adán había puesto nombres y el Diablo música, para que danzasen. Has de creer, amigo, que sustituyo a una compañera que, tras diez siglos de faena aniquiladora, muy fatigada por los genocidios del siglo XX, vuela disfrutando de una bien ganada jubilación en una remota Galaxia para clases pasivas de la Ogdoada o Región intermedia. En realidad, todas las muertes somos la misma Muerte, pero eso tú ahora no puedes comprenderlo ni lo entenderás jamás...
>> Lo que sí sabrás es que la primera a la que llamaron "Muerte" a fin de que ejerciese nuestro oficio vino al mundo nada más comenzar la vida como su imprescindible complemento... Pues bien, a falta de experiencia y sin haber cursado el Máster de tránsitos y acabamientos, pues hice sólo un Cursillo acelerado y virtual de óbitos imprevistos y decesos fatales, esta servidora no sabía muy bien cómo proceder matando, si aniquilaría primero al pobre o al rico, si antes tumbaría a la tonta que a la lista, si a la anciana o al jovencito, si al poderoso o al desocupado, si al ama de casa o a la subsecretaria de transportes... Ten en cuenta que, aunque me pintáis toda huesos y con órbitas oculares vanas, ¡a una no le falta corazón!..., quiero decir que también afecto atenciones y buenos sentimientos respecto de lo humano, tan frágil, y yo quería cumplir lo mejor posible con la faena imprescindible que me había sido encomendada como Muerte interina de este Valle de lágrimas.
>> Fue el caso que decidí estrenar mis poderes de protonumeraria apuntando la letal flecha de mi magnífico arco contra un mozo de esos que se creen inmortales y montan ruidos, un joven sano y hermoso como brazo de mar, uno de los que se burlan del destino, más firme que roble, sobresaliente galán..., así que le derramé gran mancha de aceite en una curva, su moto resbaló, él saltó por los aires y un quitamiedos le seccionó una arteria. No sufrió mucho porque se desangró enseguida... Pues, enseguida, ¿qué crees que dijeron? ¡no puedes imaginarte, Kerinto, amigo, lo que parlaron de mí! Las gentes me llamaron de todo, de todo lo malo que se puede murmurar contrra una perfecta desconocida, que si soy bárbara, que si salvaje, que si traicionera, que había venido a maltratar a lo más lindo que principiaba a vivir, "¡qué esperanza había cortado!, ¡qué belleza había malogrado!". Amigos del finado, padres, admiradoras y lameculos..., ¡todos contra mí afeándome el disparo! A mí me parecía que un lechuguino joven y sin familia propia no haría tanta falta como una madre de familia o un varón hecho y derecho con hijos a medio criar...
>> Viendo lo mal que había quedado, a continuación encaré el arco para lanzar mi dardo envenenado contra un viejo centenario. Esperaba que ahora sí me agradecerían la iniciativa pues les libraba de gruñidos, quejas y cuidados, cargándome a aquel saco de achaques, a aquel crisol de medicamentos. Pensaba yo que si la muerte es naufragio para un joven, es puerto amigo para un anciano atormentado por toses, dolores de huesos y malas digestiones... Por eso le mandé una neumonía que lo fulminó en venticuatro horas... Esperaba yo cierta consideración y reconocimiento, pero ¡ca!, por lo visto ese matusalén amojamado resultaba todavía esencial para la república, consejero eminente, ejemplo de sensatez y modelo de excelencias cívicas...
>> Nadie estaba contento con lo que yo hacía, pero tenía que cumplir con mi oficio y esta vez decidí fulminar a una joven revoltosa con la cabeza llena de pájaros, muy hermosa y amiga de la cirugía estética, que tenía amargados a los padres y revuelto al pueblo, porque volvía locos a los mocicos provocando mil disputas y algunas cuchilladas. Aun pensaba yo que, cómo por reina de la belleza se tenía, más que la madrastra de Blancanieves, llevándomela pronto le evitaría deprimirse viéndose fea y vieja... ¡Ni así acerté! Igual me recriminaron por llevármela, reprochándome que para una guapa que tenían... que más valía que hubiera pensado en privarlos de gibosas y contrahechas. Entonces, por hacerle caso a tanto villano, maté a un adefesio, pero no tardaron en criticarme y me acusaron (como a Sócrates) del delito de impiedad: "¡No bastaba con el agravio que le había hecho Naturaleza a la pobre pariéndola fea, encima tenía que venir yo a privar a sus padres de lo mejor que tenían, pues aunque feúcha y desangelada de rostro, era la mejor de sus hijas por discreta y bien ordenada, alma bella, muy apta para el gobierno de cualquier casa, mientras sus hermanas perdían el tiempo entre espejos, cosméticos, despachos esteticistas, peluquerías y gimnasios de fitness...
>> Maté luego a un pobre, luego a un rico..., y no gustó ni lo uno ni lo otro. Si al pobre, porque le quedaban esperanzas; si al rico, porque pagaba impuestos. Harta de habladurías y descalificaciones, me decidí a consultar a los que pretendía matar, antes de ejecutarlos para que ellos mismos, los que iban a morir, escogiesen, dentro de ciertos márgenes, modo, lugar y tiempo... Pero nadie encontraba ocasión para cubrir el expediente, que "ahora no puedo", que si "no he testado todavía", que si "todavía tengo que colocar a los nenes"... A ninguno le venía bien concertarse conmigo, no había viejo ni vieja que no creyesen que podrían vivir o malvivir un año más, y mejorando de salud... Bien es verdad que algunos, desesperados, requerían mis servicios, pero muchas veces me encontré con que no conjuraban mi atención para ellos mismos, sino para que acabara con la suegra enredadora, abortara al no nacido, ahogara al marido infiel o degollara a la cuñada impertinente..., para que acabara, en fin, con otros, con los estorbos o con el abuelo avaro y millonario (para heredarlo enseguida)... ¡Como si una hubiese sido empleada de sicario!
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>> Afligida por tanta infamias y cansada de innobles equívocos, fue entonces cuando cambié el arco y las flechas por una hermosa guadaña. Cerré los ojos, apreté los puños y comencé a segar a tajo parejo con la nueva herramienta, me daba igual dar con verde que con hueso, lo mismo me daba descabezar rosales que cardos borriqueros, lo mismo pelar sabios que necios. "¡A ver si por fin, ahora, no os quejáis, humanos, más que humanos!", me decía contenta, mientras tajaba, tronchaba y truncaba.
>> Y con este modo de proceder me he quedado tan pancha, flaca y desnuda, vale, pero eficaz y armada con potente arma muy inclusiva, pues no discrimina ni por raza ni por género ni por edad, religión u oficio. >>
Kerinto Hugote salió, tirando de la bici, casi arrastrándose y tras largo esfuerzo, de aquel túnel en el que arriesgó la vida y la iluminó extrañamente... Cuentan que volvió a casa transformado por aquella visión. Prudente, no dijo nada, pero jamás olvidó lo que la Dama Ruda le había confesado. Atesoró hasta nuevo encuentro decisivo el secreto que le había regalado la Señora: el porqué de su guadaña.

