Mostraba Estefanía al sonreír dientes menudicos, algo desiguales y colmillos avisadores. Vestía remiendos de estampado variado y colores alegres con volantes en codos y en el borde de la falda, bien ceñida a sus caderas de hembra fértil que, ni escasas ni exageradas, dibujaban en los aires una danzarina cadencia bajo cintura de avispa. Caminaba descalza con brazos en jarra.
No obstante, además de su ojo sano, sol espléndido, alternativamente despierto, inquieto y dulcemente entornado o dormilón, Estefanía exhibía trino fino en todo su parlamento y deje de soprano clandestina en canto llano. Fue eso tal vez lo que enajenó del todo a Alejo el Confitero, el maravilloso timbre de la voz de Estefanía, su "guirnaldita de pensamientos". Cuando la oía se volvía hacia ella, sorprendido por la hermosura y limpieza de aquella música que juzgaba angelical. Estefanía lo tranquilizaba entonces, o lo conmovía aún más, según el brillo de su ojo, que cambiaba del verde-agua al azul o del verde-mar al ocre amarillento. "¿Labil, lunera, tornadiza, veleidosa, ciclotímica? ¡Simplemente fascinante!", según se preguntaba y se respondía Alejo, sorprendido por los cambios de ánimo de la singular tuerta y hechizado por su maravillosa voz y su ciclópea mirada polícroma.
Supo Alejo cuando intimó con Estefanía, y esta pasó de la confianza a la confidencia y, por fin, a la confesión, el trance y contingencia por que se entortó la joven. Y fue que se entusiasmó de amores integrales con Pedrusquete, sátiro mozo de mucha conversación y con habilidades para contar chistes tan malos que podían convertir la leche en queso. Ya con cinco años, Pedrusquete tallaba maderas con los cascos cortantes de sus pezuñas hendidas, modelaba figuras que hacían reír a sus colegas...
-- Entonces --eso cuenta Estefanía a Alejo, que la pretende-- mi querido Pedrusquete me metió, ¡sin querer!, una de las pezuñas de su parte cabría en el ojo izquierdo y me lo vació del golpe. ¡Y yo hubiese dado un ojo por la continuidad de sus caricias y de su conversación!... Pero salió corriendo, gritándome "¡adiós, mi guirnalda de flores, adiós mi corona de turquesas!"..., y desapareció para siempre, alarmado por los perros y entristecido por la cruel herida que me había causado sin querer. ¡No tenía por qué huir! Yo misma hubiese detenido a los perdigueros hasta que llegasen sus amos, que serían amigos, yo la herida ni la sentía viéndole huir a brincos, ¡amante dulcísimo e impetuoso, aun súbito y variado roncador!
Al contar su desgracia, Estefanía abría los brazos y cantaba dando el do de pecho. Al Confitero Alejo se le partía el corazón, quería consolarla, sobre todo porque ansiaba cubrirla por primavera. Hacía lo que podía para conformarla y mudársela hospitalaria. Le ofrecía pasas moscatel bañadas en siete leches, bizcochos nutridos con deliciosas guindas escarchadas, que eran muy de su gusto, y otros dulces de sartén cocinados con miel de abeja, que su Coronita era muy golosa y él un gran repostero. Sin embargo... ¡Cá!
-- ¡Nunca haré cornudo a Pedrusquete! -- replicaba una y otra vez Estefanía ante los avances libidinosos de Alejo.
Y mandaba la luz de su único y versátil ojo hacia los matorrales más próximos, allí donde concluía el pueblo, hacia la selva amada y nebulosa a la que había huido, aterrorizado por el ladrido de los perros, su amoroso sátiro de entonces...