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Tinta y acuarela |
FERTILIDAD DE LA DUDA
Según
Cunqueiro, Eumón fue hombre afable y amigo de Egisto, el usurpador del reino de
Micenas y concubino de Clitemnestra, la cual, a pesar de su ridículo nombre y
sus costumbres criminales, era mujer ilustrada y muy provocativa. En general se
sentía menos culpable que su amante Egisto pues justificaba el adulterio y el
crimen recordando la escasa virilidad de Agamenón y la desvergüenza con la que
metió en su palacio a Casandra, la enredadora que se trajo de Troya como botín
de guerra, a la que Apolo con motivo, porque era muy lianta, había maldecido escupiéndole en la boca.
Eumón visitó
a la culpable y atemorizada pareja cuando ya se habían cargado a Agamenón y mientras Orestes tramaba con su hermana Electra la venganza. El rey tracio pasaba en su país por intelectual escéptico y
cuando Egisto le preguntó si creía –pues era ya rumor consolidado- que Orestes hubiese
muerto (¡tanto temía del hijo de Agamenón que temblaba entero cuando
pronunciaba su nombre!), Eumón le contestó que podía o no podía estar muerto,
pero que recomendaba que creyese que lo estaba. Incluso dudando, su vida sería
mejor que si creyendo el vaticinio se aseguraba que Orestes le mataría.
̶ Un hombre que duda es
un hombre libre –añadió el tracio-, y el dudoso llega a ser poético soñador,
por la necesidad espiritual de certezas que sufrimos todos. Son tan escasas y dramáticas que
estamos obligados a inventarlas. Lo importante no es saber si los higos del
mercado son más reales que los soñados, sino conocer cuáles tienen mejor sabor
y aroma.
Es verosímil que muchos años después, Pascal recordase esta conversación entre Egisto y Eumón, la cual le inspiraría su famosa prueba de la existencia de Dios, llamada también “apuesta a favor de Su existencia”, en la que, aun dudando, nada se pierde pero algo se gana.