lunes, 12 de octubre de 2026

LA ARAÑITA DE JARNÉS

 


<< Una araña se mece en su red de hilillos grises, colgada por un extremo del cuernecito de un fauno y por el otro de la tibia de marfil de un crucifijo. La arañita enlaza así lo más distante, lo que no pudo enlazar todo el Renacimiento. Es el sutil abrazo de símbolos hostiles, logrado con pretexto de sostener un columpio. >>

Benjamín Jarnés, El profesor inútil (novela publicada en 1926 y reescrita en 1934)

La estampa que pinta la escritura de Jarnés es muestra perfecta de la mejor prosa lírica e intelectual de la Generación del 27, a la vez metáfora y juego conceptual. Jarnés toma dos símbolos antagónicos, representantes de dos columnas y empentas de nuestra cultura occidental: Atenas y Jerusalén, el fauno del paganismo heleno y el crucifico del espiritualismo cristiano. La sensualidad terrenal de la criatura selvática y su vitalismo dionisíaco contrastan con la mortificación de la carne en favor del espíritu, con el divino sacrificio simbolizado por la ebúrnea figura de Jesús en la cruz del Calvario. 

La antinomia parece resolverse mediante la contingente presencia de una humilde tela de araña, de modo que un bicho diminuto consigue lo que no pudieron lograr las grandes síntesis artísticas y filosóficas del Renacimiento (de Ficino a Erasmo o Rafael), esto es, la síntesis de las dos fontanas de nuestra civilización, corrientes de sensibilidad y pensamiento aparentemente inconciliables.

Se suele presentar a Benjamín Jarnés como esteta fiel a las ideas de Ortega y Gasset, quien en 1925 le acogió en la Revista de Occidente, en consonancia con su doctrina de la deshumanización del arte. Jarnés desdramatiza el conflicto cultural y religioso sublimándolo estéticamente en una escena doméstica, los símbolos hostiles restan soportes de un bodegón íntimo en cuya arquitetura una arañita se sostiene en su columpio de seda.

Sin duda, se trata de un ejemplo magistral del estilo jarnesiano y de su inteligencia poética, apta para convertir el detalle más insignificante en una deslumbrante greguería filosófica. ¿Sería casual que a Benjamín Jarnés le nacieran en 1888, unos meses antes de que viniese al mundo Ramón Gómez de la Serna? Ambos representantes de un humorismo muy particular, condimento imprescindible de los mejores guisos literarios de la Generación del 27.