domingo, 14 de mayo de 2023

EL ACORDEÓN

 


"¡Oh modestos acordeones! ¡Simpáticos acordeones! Vosotros no contáis grandes mentiras poéticas como la fastuosa guitarra; vosotros no inventáis leyendas pastoriles como la zampoña o la gaita; vosotros no llenáis de humo la cabeza de los hombres como las estridentes cornetas o los bélicos tambores". Pío Baroja.

 

JANA, KONÍN Y FABIO (Cuento del abuelito)

Jana era una anciana pianista viuda. Todos los días se sentaba en su taburete y tocaba las piezas más hermosas que conocía, luego abrazaba un viejo acordeón que hacía sonar con arte en bodas y ferias su marido difunto, para interpretar con él apasionados tangos conque recordaba el afecto que los esposos se habían tenido, partituras sentimentales de una tristeza solemne. 

viernes, 5 de mayo de 2023

TRANSDIVERSIDAD

 


El profesor Quintana nos pone sobre aviso al comentar la noticia de la señora angloparlante "tanscapacitada". Parece ser que esta persona "se autodeterminó" ciega (con perdón), quiero decir invidente o, mejor, diversa funcional sinóptica o sinoftálmica. Por aclararlo: la morena de la ilustración prefería que no le funcionaran los ojos ni la vista. 

Tal vez pensase que "¡para lo que hay que ver...!"; o tal vez le fastidiaba ver lo que veía; o tal vez estaba hasta el moño de espejos, pues todos los monitores lo son y el mundo está rebosante de monitores y la figura que nos devuelven no siempre nos satisface.

Algunos normópatas pensarán que la señora está chiflada. Puede. Y que tal vez tendría que haberla tratado un siquiatra para prevenir su automutilación. El normópata es por definición intolerante.

¡Como si su cuerpo no fuera su cuerpo y ni siquiera le permitieran ya mutilarse a uno! Las locuras, como explicó el "torcido" de Foucault, tienen su genealogía y su historia social... Y los pirados y chifladas de unas épocas son conductoras y caudillos de otras. En la modernidad, la mayoría de los profetas de la Antigüedad hubieran acabado en manicomios y recibiendo descargas eléctricas en sus complicados cerebros a causa de sus lúcidas advertencias y jeremiadas.

A fin de cuentos, todos tenemos manías. Los griegos llamaban "manía" a la locura, pero también a diversas formas divinas de entusiasmo..., todos tenemos rarezas, porque llegar a ser persona cuesta un huevo, por lo menos uno, porque no siempre está uno a gusto con lo que ve de sí u observa en otros que también le miran a uno, o malmiran. El Padre Orígenes (Ὠριγένης, h. 185-254), gran erudito y asceta cristiano, se emasculó (vamos, que se los cortó) para que los padres de sus catecúmenos no sospecharan de él la menor debilidad pederástica. Un santo.

A mí que cada cual "se autodetermine" como le salga de las gónadas, o que se las suprima o intoxique, que se castre o se mutile, se ponga o se quite tetas, una arandela en el hocico o un chip en la oreja, según su vocación, me da igual. ¡Uno es tolerante!, eso mientras el trans no haga daño a nadie ni tenga la Hacienda Pública que cargar con el capricho de sus ocurrencias castrantes, es decir mientras no tenga que pagar el contribuyente la intervención quirúrgica y los cuidados y mantenimiento posteriores del autolesionado. ¡Que cada cual "se autodetermine" como quiera o pueda! O sea, que cada quisque se dé un disgusto por gusto o un gusto para su disgusto, me importa un pimiento. Vive y deja vivir, o morir.

Esta mojiganga se vuelve patética cuando se compadece de estas insanas "diversidades" auto-infligidas, que nada tienen que ver con las pamplinas, flores humildes, nada narcisistas. Y digo yo, que más que una "trans-capacitada", tendríamos que referir a la señora de marras como "trans-discapacitada" si consideramos el resultado y, por decirlo así, el ideal u objetivo de su acción: la ceguera, en lugar de la situación inicial: la videncia. 

Auto-determinaciones dis-capacitadoras son estas, obviamente, destructivas, más que constructivas. Como preferir ser inútil y cobrar una paguilla, a ser útil y tener que "pringarse" o trabajar, casos que también se dan, como el que se invalida para no ir a la guerra. Eso último lo entiendo. Si sólo lo finge, que no puede disparar, mejor para él y para el posible disparado.

No faltan trágicos y hasta venerables antecedentes para estos que se castigan a sí mismos buscando la felicidad o el alivio del dolor en la insuficiencia. Edipo se sacó los ojos -ciego voluntario- cuando supo que había matado a su padre -involuntariamente- y había copulado con su madre Yokasta, sin saber que era su madre. Por cierto, que de casta le venía a Antígona su condición trágica y suicida, pues si su padre sólo se sacó los ojos, su madre se ahorcó.

Todos pagaron por "pecar", por haber obrado contra ley, por haber pecado mucho según los patrones del pecar e infringir la ley de aquella época, en la que contaban más los hechos objetivos que las intenciones subjetivas; más los resultados, que los propósitos con que se obraba. 

También se cuenta que Apolo cegaba a los poetas para devolverles "la mirada interior". Nuestra libérrima voluntad sacrifica a veces sus poderes a capricho, o tal vez para ganar así otros. Y esta capacidad de ver y mirar no es "moco de pavo", aunque las hay mayores. Recuerdo que un personaje de la Rayuela de Cortázar decidió ahogar su talento en alcohol, seguramente porque conocer le hacía daño. Y es que hay conciencias muy pesadas. Pero las penas saben nadar. Y aunque uno no las vea fuera, las penas se las apañan para dejarse ver por dentro. Y de nada sirven las gafas obscuras para evitar que otros se den cuenta de que uno carga su tristeza con mochila íntima.

Y todos preferimos remirar almas alegres, antes que ver caras sin espejos, rostros tristes. Ver, decía Teilhard, toda la evolución natural es una pugna por ver más y mejor... A fin de cuentas los ojos están hechos con la misma materia que los cerebros, por eso son el espejo de las almas. Sí, también monitores.

jueves, 4 de mayo de 2023

QUIÉN SACUDE EL TARRO




Según Devesh Lalluwadia, (દેવેશ લલ્લુવાડિયા, en guyaratí, lengua del oeste de la India hablada por casi cincuenta millones de personas), ingeniero de telecomunicaciones, hay algo que todas las gentes deberíamos saber...

Si meto en un tarro un grupo de hormigas rojas y otro grupo de hormigas negras, no pasa nada, pero si lo sacudo un par de veces, comenzarán a luchar, a herirse y a matarse entre sí. 

Las rojas tendrán por enemigas a las negras y las negras a las rojas, sin preguntarse quién ha sacudido el tarro. Dan por hecho que ellas no, luego tienen que haber sido las otras. No lo saben por razonamiento; les engaña el instinto.

El verdadero "enemigo" es, evidentemente, la persona o personas que han sacudido en tarro. Las que hacen el experimento, las que sacan a las hormigas de su medio natural y las encabronan.

Según Devesh Lalluvadia, esto es lo que ocurre en nuestras sociedades. Así que antes de irritarte contra el hermano, antes de pelearnos entre nosotros, preguntémonos quién ha sacudido en tarro.

No me atrevería a descargar toda la responsabilidad formicida u homicida sobre el líder manipulador de masas y el arengador o activista fanático. Puede decirse que a veces los pueblos tienen los imprudentes caudillos que se merecen. Sin embargo, casi siempre, los más inocentes y los sensatos pagan hasta con su vida la locura de unos pocos.

Fuente: fr.quora.com


viernes, 28 de abril de 2023

VERDAD DESNUDA & MENTIRA DISFRAZADA

 


Cuentan que un día de los que doña Verdad y doña Mentira se cruzaban (casi todos), doña Mentira, de natural facunda y parlanchina, saludó:

- ¡Hermoso día! -dijo doña Mentira.

Doña Verdad pensó que era cierto, que el día era hermoso y fecundo, porque llovía.

- Aún más hermoso está el río -añadió Mentira con embeleco, guiñando un ojo.

Corría Mentira hacia un remanso y metía la mano en él...

- ¡Limpia y templada! -le gritó alegre a Verdad-: ¡Nademos!

Como Verdad es por naturaleza confiada, le pareció inocente la propuesta de la Falsa. Ambas, señoras magníficas, se desnudaron y nadaron tranquilas bajo una lluvia fina y mansa. Se dijeron algunas gentilezas a la vista de sus cuerpos espléndidos, que el agua argentaba.

Tras largo rato, salió del agua doña Mentira; se vistió a prisa con el manto de doña Verdad y salió corriendo como alma perseguida por un diablo.

Salió luego del agua doña Verdad y, lógicamente, se irritó al deducir lo que había hecho su compañera embustera. No quiso de ninguna manera vestirse con las ropas extravagantes y llamativas de la volandera Mentira... 

Embarrada, enfadada, despeinada, con algas y otros restos vegetales pegados al cuerpo, corrió Verdad desnuda por el mundo y todos se asustaban al verla, y preferían a doña Mentira disfrazada de Verdad, que se hizo famosa en todos los Medios.

Pasó el tiempo y el manto de Verdad que lucía Mentira se deterioró y devino andrajoso. Entonces se le veía el plumero a Mentira, por más que lo escondía o lo disimulaba.

Dicen que doña Verdad se refugió en un pozo, en el que oraba triste por que don Tiempo la devolviese al mundo, limpia y vestida del todo, a sabiendas de que desnuda impresionaba demasiado.



domingo, 16 de abril de 2023

LA RANA EXITOSA

 


Fábula de los cuervos y las ranas

Érase una vez un montón de ranas gordas. Se aburrían en una charca del monte. Para paliar el muermo, una de ellas concibió la aventura de escalar una torre de telefonía móvil que habían plantado cerca de su reino diminuto. A muchas les pareció la propuesta una perfecta tontería. ¡Qué necesidad tenemos de exponer así nuestras vidas! -decían. 

Sin embargo los más jóvenes y temerarios anfibios, que eran los que más se aburrían, y los más emprendedores de la charca, ranas con vocación aventurera, se propusieron conquistar la cima de aquel alto y misterioso artilugio.

Al evento acudió una tribu de cuervos. Estas aves son inteligentes y no puede decirse que sean necesariamente pájaros de mal agüero, y menos aún que traigan mala suerte por ser negros, color elegantísimo que en algunos plumajes y cabellos se enriquece con irisaciones azulonas o añiles muy coquetas y atrayentes (dejemos esto claro).

El caso fue que los cuervos no llegaron allí para aplaudir la empresa de las ranas, sino todo lo contrario... "¿Pero adónde vais, pedazo de imprudentes? ¡Os vais a secar!" -exclamaban unos-. "¡Os vais a desembrar!"; "Lo vuestro es el cieno, no el cielo raso" -chillaban otros-. 

Acudieron otros animalejos sedientos de espectáculo: mamíferos, reptiles y artrópodos de todos los colores y formas, pero no hablaban ni levantaban la voz, expectantes. Miraban curiosos, a ver qué pasaba. La mayoría se reía cuando una rana daba un traspiés en la torre, resbalaba y caía.

¡Es inútil! ¡No lo conseguiréis! -graznaban los cuervos en su idioma, lengua que las ranas entendían perfectamente. El pronóstico de los cuervos las desanimaba. Se asustaban, se encogían, engurriaban y caían.

"¡Ranas soberbias!" -sentenciaba el más veterano de los cuervos-. "¡Por lo visto queréis subir adonde sólo nosotros podemos alzarnos, gracias a nuestras poderosas alas!". Así se daba lustre e importancia el pajarraco negro.

Una a una, desanimadas por lo que oían, fueron cayendo de los listones metálicos de la torreta las ranas frustradas. De las alturas a la charca: ¡plaf, plaf, plaf...! Alguna se espachurró sin remedio, cayendo y golpeando sobre piedra: ¡chin-pum-paff! 

Temblando y agarradas a los mástiles de aquel gigante altísimo sólo quedaron tres ranitas en el empeño..., luego dos..., al fin una que, intrépida, perseveró a duras penas en elevarse hasta la meta, agarrada a la torre y abrazada a sus partes y remaches con manos, patas ¡y hasta con la larga lengua!

- ¡Te vas a matar! ¡No lo conseguirás! -gritaban los pájaros obscuros.

Pero al fin, la intrépida sin pelo, la resuelta criatura sin pluma, lo consiguió. La ranita logró escalar la torre aquella, ¡hasta su cima! El gentío animalesco, sorprendido por la proeza, no tuvo más remedio que aplaudir y celebrar a la pequeña y animosa atleta. Incluso un esmeraldino lagarto ocelado, famoso por su discreción, gritó ¡bravo, bravo! 

Los cuervos, desdeñosos o fingiendo indiferencia, dejaron de graznar y emprendieron vuelo. Abandonaban aquel lugar, pero no marchaban sin recoger y aprovechar con pico y tragaderas los cuerpos mutilados de las ranas que habían muerto, reventadas en las piedras.

- ¿Qué se ve desde lo alto? -cantaron unos grillos apelando a la rana triunfadora.

- ¿Hasta donde llega tu visión? -le preguntó una cigarra.

Y así otros bichos prosiguieron, inquiriendo qué veía y cómo se sentía la ganadora..., pero la rana sonreía inmutable sin contestar nada... 

Hasta que por fin un mochuelo, que había acudido al show organizado por las ranas por pura curiosidad y sin ningún interés oculto, se percató de lo que pasaba... 

El mochuelo, pájaro de Minerva, diosa sabia, se dio cuenta de por qué la campeona no decía lo que sentía. Estaba, se había quedado, o era de nacimiento y por suerte ¡del todo sorda! Sorda como una tapia.

Moraleja

Jesús Garrido ilustra con esta fábula u otra parecida el llamado EFECTO PIGMALIÓN, pariente de "la profecía autocumplida", que afirma que las expectativas de los demás, sobre todo de los próximos, padres, educadores, y más todavía las de aquellos a los que respetamos o admiramos, determinan nuestros logros y fracasos.

En fin, que muchas veces es preferible hacer oídos sordos a lo que dicen los demás sobre nuestras capacidades o nuestras acciones y perseverar en nuestra vocación para conseguir un logro o alcanzar un fin amable.

martes, 14 de marzo de 2023

MORIBUNDIA



Mosca escatófaga, sus larvas descomponen,
reciclan y ayudan a la bella forense del CSI


“¡No os pongáis a llorar, cobardes!”
Ramón Gómez de la Serna, 1935

Cuenta Claudio Eliano en su Varia Historia (I, 16) que volviendo el barco del santuario de Delos ya no había motivo (religioso) para retrasar la ejecución de Sócrates, y que entonces Apolodoro, su amigo, le llevó a prisión un vestido de lana muy fina y bien trabajada con un manto haciendo juego, rogándole que se mudase de ropa antes de tomar la cicuta letal y quedarse tieso.

“Estos vestidos te servirán al menos de adornos fúnebres, pues es honorable que un muerto sea enterrado decentemente”.

Quería Apolodoro que el maestro representase un cadáver “en condiciones”, como diríamos hoy dando por hecho que todas las “condiciones” son buenas y legales.

La proposición de Apolodoro no gustó a Sócrates. El Tábano de Atenas no tenía el cuerpo para coqueterías post mortem. Así que dijo a Critón, a Simmias y a Fedón (Platón se escaqueó ese trágico día):

“No sé qué idea tiene Apolodoro de nosotros si cree que después de que haya yo tomado el veneno mortal que los Atenienses me ofrecen, todavía verá a Sócrates. Si él piensa que el que dentro de poco yacerá a vuestros pies es Sócrates, seguramente jamás me ha conocido”.

¡Se pasó de duro el maestro! Eso creo yo. ¡A caballo regalado no se le mira el diente. ¡Pobre Apolodoro, tan enamorado del discurso de Sócrates y tan generoso! Regalaba mortaja fina con la mejor intención y dio con el hueso duro de roer de la razón filosófica. Y es que, si fuésemos del todo racionales, lo más exacto que diríamos del finado sería: “ya no está” o “nos dejó” o "ha periclitado", y lo menos que se puede pensar es: “se fue antes que nosotros”.

En lo menos que piensa un hombre sano es en la muerte –decía Spinoza, filósofo sefardita genial y hereje, aunque demasiado determinista para mi gusto. Pero, si te van a fusilar al amanecer, distraer la imagen de que vas a palmarla sin remedio ante un pelotón de desalmados armados resulta difícil. Y ciertamente, eso es lo peor de la condena a muerte: la espera. Por eso, aquel fatídico corredor en el que aguardan el cumplimiento de sentencia capital los peores criminales usamericanos, casi todos tipos chatos, grandes y negros, lleva su nombre, Corredor de la Muerte, el otro nombre es “Suegra de la Vida”, como la llama Gracián. Aun bajitos, blancos y narigudos, todos estamos en ese corredor, a la espera. Ignoramos la hora, ¡menos mal!

Amamos tan instintiva e inconscientemente la vida, que la muerte suele ser un valor en crisis, salvo en épocas de extremo romanticismo, claro, cuando los amantes desesperados levantan las losas y rascan suelos de camposantos para practicar la lúgubre necrofilia poética. ¡Morbideces! Nunca hay celo para tanto, y nada nos queda por temer cuando ya no existimos. No obstante, siempre hay motivos para compadecerse de los que ya están más allá del teatro del tiempo y del espacio, o sea, de los pobres muertos, ¡qué solos se quedan los muertos, pues ni siquiera están ya consigo mismos!

Es esto, la desaparición del Yo –esa ilusión tan útil, esa representación tan teatral y necesaria- lo que más fastidia y contraría nuestra vanidad egoísta cuando pensamos en la muerte. Freud decía que, en lo profundo del inconsciente, todos nos creemos eternos (o tal vez de algún modo raro lo seamos). El yo debe mucho a esa pretensión, perfectamente irracional, de infinitud, de eternidad. A fin de cuentas, ¿no prueba el deseo que hay objeto para el deseo? ¡No se desea lo que no se conoce!

Se ha comparado la muerte con un “sueño eterno”, pero Ramón protesta: “En el sueño hay una saturación de vida, densa, con esperanza de despertar, con pereza…”. En la ironía de Sócrates, en ese incesante preguntar que ejercía todos los días en el mercado o en el gimnasio de Atenas latía un deje de humor por el lado de la burla del Sabelotodo. Si no hubiera sido porque, a la vista del barco que regresaba del santuario de Delos, le tocaba a él bailar con La-más-fea, en lugar de poner mala cara tal vez se hubiera reído de la ofrenda de Apolodoro, como no dejaría de reírse hoy con los gastos suntuarios, con la carísima cosmética del embalsamador, con el costosísimo embalaje del tanatólogo, destinado ipso facto a la inhumación o a la exhumación, o sea a convertirse en humus o en humo.

Si Sócrates hubiera aceptado el detalle textil de Apolodoro, vestiría sus mejores galas ¡justo cuando su cuerpo ya no era templo del alma, ni cárcel del espíritu, sino pasto de gusanos o combustible para llama!

Gómez de la Serna pasa entre nosotros por genial humorista, pero, tal vez precisamente por ello, fue también filósofo y reflexionó profundamente sobre la Calva de la guadaña, afectó durante toda su obra esa preocupación por la muerte tan senequista, tan quevedesca, tan aparentemente española. Pasa igual con Andrés Rábago, que firmó Ops y firma hoy El Roto. Toda ilusión y toda presunción se deshacen ante la evidencia contundente de nuestra extinción, aún de la extinción prevista del Sol, padre estelar de la vida en la Tierra. Fantasear le parecía al humorista lo único inmoral que podía hacer con la muerte. Por eso dice de sus obras, lo cual podríamos generalizar a todo logro cultural, que están ceñidas a sus cuernos, porque son un vasto y hermoso conjuro contra la muerte. Y así lo deja escrito en una de sus greguerías: “el éxito del humorismo está en que no brote ni de lo muy cómico ni de lo muy fúnebre, que se mueva en ese trozo de calle que va del teatro a la funeraria”.

Como la muerte está poco valorada, Apolonio, con buena intención, quiere vestirla de gala, pero ¿hay mejor absolución y más segura prescripción para deudas, dolores, remordimientos, trabajos y compromisos? Ni siquiera puede uno acudir en persona a su propio funeral, ya no estás con ellos, lo cual si bien se mira, también es un descanso. ¡Hasta el compromiso del “amor eterno” se lo lleva por delante la calva! Y encima uno deja ya de comer carne para siempre; se hace vegano definitivo. Ya no tomará más que ensalada de ciprés y zumo de malvas, y lucirá clavículas a tope, como las más altas y aclamadísimas supermodelos de moda.

Del autor:

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lunes, 13 de marzo de 2023

DIAÑO BURLÓN

 


A mitad de camino entre duende y fauno, existen los diablillos burlones. Viven a su aire y normalmente no se mezclan con humanos, pero a veces cuando se aburren buscan el contacto de bípedos implumes por razones bien alimentarias, bien lúdicas o hedonistas. Suelen mostrarse más malignos que los trasgos en la ejecución de picardías y divertimentos.

El más conocido en el norte de Iberia es el Diaño. Muy probablemente su nombre derive del masculino de Diana, hembra divina indócil, gran cazadora amiga de soledades húmedas y claros de bosque. El Diaño tiende a enanuco y feo. Tiene mucho carácter y observa de lejos las tonterías que decimos y hacemos, eso cuando puede. Entonces cabe que nos gaste alguna broma si se tercia la ocasión. Su burla no suele tener consecuencias nefastas, salvo entre caracteres pusilánimes.

Se lo ha visto en casas de juego, cruces de caminos, altozanos de senderos rurales; en apeaderos de autovías, en claustros ruinosos y en jardines descuidados. Antiguamente era frecuente que cambiara algún renglón del Breviario cuando el cura lo leía en la iglesia. Lo hace para satisfacer su gustillo irrefrenable de irreverencia, escandalizar a los fieles y erizar el vello de las beatas, como "santificado sea su hombro" o "ahora y en la joda de nuestra muerte"... Comportamiento infantil este, que ni siquiera merece consideración de blasfemo. 

Diaño es bromista y disfruta riéndose de la ingenua buena voluntad de la gente sencilla. Apena explora ciudades ni pueblos de muchos vecinos, prefiere campos, aldeas y caseríos. La simple alusión sincera al nombre de Jesús o de María lo pone en fuga. En Asturias lo espantan en bable con una coplilla que adapto aquí al castellano:

Torpe Diaño / de ti reniego / mal año te den / los hielos de Enero. / La cruz te hago, / ¡come mierda, rascacueros, / y caca de gato negro!

Al Diaño burlón le ha visto mucha gente en tierras de meigas: en Galicia, León y Asturias. Los del Bierzo confunden diaños y trasgos de forma sistemática. El Diaño, al contrario que el trasgo, es actor consumado y maestro del esperpento. A un diablillo burlón jamás se le ocurrirá hormonarse ni acudir al Dispensario de prótesis sexuales. No lo necesita. Su autoestima no decae, su vanidad está siempre por las nubes, ni siquiera cuando se siente solo y distinto. 

Cree que ha sido creado con un cuerpo perfecto, pues cuenta con un poder innato para el transformismo integral y la metamorfosis especial. Aparece de repente como holograma de múltiples animales, aunque prefiere el gallo, el sapo, la tijereta, el avispón, el choto y el poni.

En San Miguel del Río, en el antiguo camino real de León a Asturias, se recuerda que una moza garrida encontró en un erial a un gallo que parecía desnutrido y alicaído. A la buena samaritana le dio pena el bicho y lo llevó con mimo a su humilde hogar. Encendió lumbre para calentarlo, lo alimentó con granos de maíz y lo dejó en un canasto junto a su lecho. 

Cuando la moza fue a acostarse, se desnudó y rezó un Ave María. Entonces el Diaño saltó en una pirueta y canturreó:

Ijujú, que te comí la merienda;
ijujú, que te la comí
ijujú, que te vi las tetas;
ijujú, que te las vi.

Y repitiendo su "ijujují" partió volando por la chimenea con espanto de la noble doncella, que quedó frustrada y confundida. 

Dicen también que un zagal socorrió a un diaño transformado en cabrito que simulaba lesión de pata y lucía ojazos de pena, que el joven se lo echó al hombro camino de casa y que el diablillo se le orinó encima y puso pies en polvorosa riéndose de la buena voluntad del payo.

Nada puede ser perfectamente bueno en este mundo salvo una buena voluntad con recta intención. Y sin duda es diabólico reírse de ella como hace Diaño. Hay que mirar bien a quien socorre una, no vaya a ser diaño transfigurado el falso doliente que busque reírse o burlarse de nuestra noble intención. Su acción tendrá además el efecto perverso de volvernos maliciosos, desconfiados e impasibles ante el dolor ajeno.